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Por Oscar Durán
La Habana.- No le guardo luto a ningún cubano que respalde una dictadura. No hay romanticismo posible en la complicidad. Da igual si el silencio viene del miedo, del adoctrinamiento o del egoísmo más crudo: cuando se sostiene a un tirano, se participa —por acción u omisión— en el daño colectivo. Cada acto represivo que se justifica, cada consigna que se repite, termina empujando un poco más al país hacia el abismo.
El “soldado”, el funcionario, el chivato de esquina o el burócrata obediente deben entender algo elemental: no existe neutralidad cuando se reprime. Golpear, encarcelar, delatar o mirar hacia otro lado convierte a cualquiera en pieza del engranaje que produce miseria. No es una cuestión ideológica, es una cuestión moral. Y la historia, que siempre pasa factura, no distingue excusas.
El luto verdadero está en otra parte. Está en los cubanos que murieron huyendo del régimen por mar o selva, en las familias golpeadas por enfermedades prevenibles, en los jóvenes enviados al servicio militar obligatorio para volver en un ataúd o no volver nunca. Está en los presos políticos que perdieron la vida entre torturas, hambre y abandono médico, castigados por pensar distinto.
Ese es el duelo que importa. El de los cubanos que aman a Cuba y no al poder que la secuestra. No hay lágrimas para quienes enlodan la bandera defendiendo tiranías ni para quienes confunden patria con obediencia. Cuba no necesita cómplices del horror; necesita memoria, dignidad y justicia. Y el luto, como la vergüenza, también se elige.