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Niños trituradores. Así se los llamaba. En 1911, cuando el trabajo infantil aún era legal, cientos de niños de entre 8 y 12 años pasaban hasta 60 horas semanales triturando carbón en minas y plantas de procesamiento.
Su trabajo era simple y brutal.
Sentados en bancos de madera, en habitaciones cerradas y saturadas de polvo negro, tomaban grandes trozos de carbón y los golpeaban con herramientas manuales hasta reducirlos a fragmentos más pequeños. Luego, con las manos desnudas, retiraban piedras e impurezas una por una.
No había máscaras. No había ventilación. Y no había pausas reales.
El polvo de carbón se metía en los pulmones, en los ojos, en la ropa, en la piel. Muchos terminaban la jornada tosiendo sangre. Otros perdían la vista con el tiempo. La mayoría envejecía antes de cumplir los quince.
Para la industria, eran ideales. Pequeños. Baratos. Fáciles de reemplazar.
Para la sociedad de entonces, eran invisibles.
Estas imágenes no muestran una excepción. Muestran la norma de una época en la que la infancia no era un derecho, sino un recurso explotable. Donde trabajar no era una opción, sino una obligación para sobrevivir.
Años después, las leyes laborales cambiarían. Las fotografías quedarían como prueba. Pero para muchos de estos niños, el daño ya estaba hecho.
La historia del progreso no siempre se construyó con avances y discursos. También se levantó sobre bancos de madera, polvo negro… y manos demasiado pequeñas para el peso que cargaban.