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Por Oscar Durán
Holguín.- En la imagen no hay lujo, no hay solemnidad, no hay siquiera un mínimo de decoro. Hay un cuerpo dentro de una caja de cartón sellada con cinta adhesiva, colocada sobre el suelo, en medio de lo que parece un cementerio o un espacio abierto y polvoriento. Eso, aunque duela escribirlo, es la Cuba de hoy. Un país donde la muerte también sufre apagones, escasez y abandono.
No estamos hablando de una exageración ni de un montaje teatral. Esto sucedió en Velasco, Holguín. La caja es de embalaje, con impresiones comerciales visibles, cerrada con tiras anaranjadas como si se tratara de un paquete cualquiera. No es un ataúd. No es una despedida digna. Es la improvisación convertida en norma. Cuando una familia tiene que recurrir al cartón para enterrar a su ser querido, estamos ante algo más grave que una crisis económica: estamos ante el colapso moral de un sistema.
Lo más estremecedor es que esto no es un caso aislado que apareció por casualidad en redes sociales. Es lo que alguien logró fotografiar. Lo que se hizo público. Pero detrás de esta escena hay historias que no se documentan: funerarias sin recursos, cementerios en abandono, trámites interminables, familias que cargan solas con el peso del dolor y la vergüenza. Porque además del duelo, deben soportar la humillación.
Durante años nos vendieron la imagen de un país que, con todas sus limitaciones, garantizaba lo esencial. Hoy ni siquiera se puede garantizar una caja de madera para despedir a un muerto. La precariedad se ha extendido a todos los rincones: hospitales sin insumos, farmacias vacías, hogares sin comida y cementerios sin ataúdes. Resolver se convirtió en la única política pública real.
Y lo más preocupante es la normalización. Mañana aparecerá otra noticia, otro escándalo, otro apagón, y esta imagen quedará enterrada —nunca mejor dicho— en el olvido digital. Pero un país que entierra a sus muertos en cartón está enviando un mensaje brutal sobre su presente y su futuro.
Si no ocurre un cambio profundo, la degradación seguirá avanzando. Y no será solo la dignidad de los muertos la que desaparezca, sino la esperanza de los vivos.