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Por Fernando Clavelo
La Habana.- Ya nadie respeta a Cuba en el béisbol. Y duele escribirlo. Duele porque hubo un tiempo en que mencionar a la isla era suficiente para que el rival se acomodara el casco con nerviosismo. Hoy no. Hoy la selección cayó 9-1 ante Venezuela en la semifinal de la llamada Serie de las Américas y nos mandaron directo a discutir un bronce que no asusta a nadie. Ni siquiera estamos hablando del Clásico Mundial. Esto es un torneo que no le mueve un pelo a las grandes potencias. Y aun así, nos pasaron por arriba.
Cuba abrió el marcador con un sencillo impulsor de Yoelquis Guibert. Uno, por un segundo, pensó: “bueno, vamos a dar pelea”. Pero fue una ilusión breve, casi infantil. La respuesta venezolana cayó de inmediato con remolques de Hernán Pérez y Renato Núñez, y desde ahí el juego fue un monólogo. Randy Cueto permitió tráfico en las bases, el relevo tampoco pudo apagar el fuego y la ofensiva contraria hizo lo que quiso. Tucupita Marcano empujó dos, Núñez la sacó del parque y Rougned Odor terminó de enterrarnos con otro cuadrangular dentro de un racimo que parecía castigo divino.
Del otro lado, Adrián Almeida lucía cómodo, dominante, casi burlón. Cinco entradas y un tercio, una sola carrera permitida, seis ponches. Así se gana en el béisbol moderno: con preparación, estructura y competencia real. Cuba apenas pudo sostener el ritmo ofensivo y terminó superada en los renglones fundamentales del juego. Nos ganaron en pitcheo, en defensa, en poder y, sobre todo, en mentalidad.
Pero esto no es solo un partido. Esto es la radiografía de un país que también fue potencia y hoy vive de recuerdos. El béisbol cubano fue escuela, fue respeto, fue miedo. Ahora es nostalgia. Los talentos se van, los que se quedan sobreviven en una Serie Nacional que ya no tiene el nivel de antes y el discurso oficial insiste en hablar de “tradición” mientras el presente se desmorona inning tras inning. Así no se construye grandeza; así se administra la decadencia.
Discutiremos el bronce, sí. Como quien recoge las sobras de una mesa donde antes se sentaba en la cabecera. Y lo más triste es que ya casi nadie se sorprende. Perdimos el juego 9-1, pero hace rato venimos perdiendo algo más grande: el respeto. Y cuando en el béisbol —como en la vida— te quitan el respeto, lo que queda es exactamente esto: una camiseta pesada, un marcador abultado y un país que se mira al espejo sin reconocer al gigante que alguna vez fue.