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Por Oscar Durán
La Habana.- En Cuba siempre nos educaron para repetir que Fidel Castro fue el “líder histórico”, el “padre de la Revolución”, el hombre que supuestamente salvó a la isla del infierno capitalista. Nueve años después de su muerte, conviene, más que nunca, arrancarle las etiquetas oficiales y mirar de frente la obra real que dejó detrás: un país roto, un pueblo convertido en súbditos y una historia que todavía nos pesa como una condena. Fidel no fue un estadista; fue el arquitecto del desastre más prolongado de América Latina. Y ese legado maligno continúa respirando entre las ruinas.
A Castro le bastaron unos pocos meses en el poder para que la palabra libertad se convirtiera en un chiste cruel. Lo primero que hizo fue repartir miedo como si estuviera repartiendo libretas de abastecimiento. Dónde estaba la discrepancia, metió cárceles. Donde había pluralidad, sembró vigilancia. Fue el padre fundador del chivatón moderno, ese personaje que vive pendiente del vecino para ganar puntos con el poder. Y así, a fuerza de intimidación, creó una maquinaria represiva que todavía hoy —en pleno 2025— mantiene a la isla en ese limbo de país que respira, pero no vive.
Lo peor del legado de Fidel no es solo la represión, es el daño psicológico que sembró en cada familia. Él fue quien instaló esa costumbre enfermiza de hablar bajito en la sala, de desconfiar del primo, de revisar el celular antes de decir lo que uno piensa. Sin disparar un tiro, consiguió que millones se acostumbraran a la idea de que la dignidad es un lujo. De paso, nos obligó a contemplar un país donde un médico gana menos que un bodeguero clandestino y donde un joven brillante prefiere lanzarse al mar antes que esperar el milagro socialista. Ese terror cotidiano, ese cansancio que corroe, también es parte de su herencia.
Y cuando vamos a la economía, el panorama se vuelve un retrato perfecto de su obsesión delirante por controlarlo todo. Fidel convirtió a Cuba en un laboratorio fallido, donde el experimento siempre explota, pero el científico nunca se responsabiliza. Prometió el paraíso, nos dio apagones; prometió igualdad, fabricó élites; prometió abundancia, creó colas de kilómetros. Todo lo que tocó lo redujo a cenizas: la agricultura, la industria, el transporte, la moneda, la educación, la salud. Incluso hoy, tres generaciones después, seguimos pagando los platos rotos de sus caprichos.
Nueve años han pasado desde que Fidel murió, pero su sombra todavía cubre la isla como una nube tóxica. Su verdadero legado no está en las fotos épicas ni en los discursos eternos, sino en el dolor acumulado de un país exhausto. Un país que sigue emigrando, sobreviviendo, y que ya no sabe si lo que siente es tristeza, rabia o vergüenza. Si algo debemos hacer en este aniversario es llamar las cosas por su nombre: Fidel Castro dejó un legado maligno, un país fracturado, y una historia que algún día tendrá que contarse sin miedo y sin permiso. Solo así podremos empezar a enterrar, de una vez, al fantasma que todavía pretende gobernarnos desde la tumba.