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Por Max Astudillo
La Habana.- El anuncio del Banco Central de Cuba sobre la apertura de veinte nuevas oficinas de Cadeca no es una noticia: es una provocación. Presentar esta medida como un avance del sistema financiero, en medio de una crisis cambiaria brutal, es una burla abierta a una población que lleva años viendo cómo el peso cubano se pulveriza mientras el dólar manda en la calle. Ampliar oficinas no resuelve un mercado distorsionado; apenas extiende el teatro.
El comunicado oficial habla de “resultados acordes con lo previsto”, pero evita decir para quiénes han sido favorables esos resultados. La mayoría de los cubanos no logra acceder a divisas por las vías estatales, ni por montos ni por frecuencia, mientras el mercado informal fija los precios reales. Cadeca no compite con la calle; la persigue desde muy atrás, con una tasa irrisoria y un sistema de turnos que convierte la compra de dólares en una lotería humillante.
La insistencia en reforzar el “papel del sistema financiero como intermediario principal” choca frontalmente con la realidad. El Estado no intermedia, raciona. No regula, improvisa. No estabiliza, encarece. Mientras se inauguran oficinas, la inflación sigue desbocada, los salarios continúan en caída libre y el acceso a divisas sigue siendo un privilegio, no un derecho económico básico en un país donde casi todo se paga en moneda extranjera.
La incorporación de Transfermóvil y la opción de MiTurno tampoco representan una modernización real. Digitalizar el problema no lo soluciona. Lo único que cambia es la vía por la cual el ciudadano recibe el “no hay”, el “espere”, o el “inténtelo otro día”. En un país con apagones constantes, mala conectividad y teléfonos obsoletos, vender esto como eficiencia roza el cinismo.
Al final, el mensaje es claro: más oficinas, el mismo fracaso. Cadeca no simboliza confianza, sino desconfianza; no ordena el mercado, lo deforma. Mientras el Banco Central siga actuando de espaldas a la realidad económica del país, cualquier anuncio será solo eso: papel mojado, propaganda reciclada y otra demostración de que, en Cuba, las soluciones oficiales casi nunca resuelven nada.