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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Dos versiones de un mismo problema. La trampa de Eduardo Galeano
Existen libros que no buscan diálogo, sino romper un hechizo. Manual del perfecto idiota latinoamericano es uno de ellos: irónico, directo y provocador. Su mérito reside en señalar un repertorio de ideas repetidas que han justificado el fracaso político, el atraso económico y la degradación moral de América Latina.
El “idiota” no es el pobre ni el trabajador, sino el intelectual que predica consignas vacías y se proclama defensor del pueblo, para terminar, siendo sacerdote de su sometimiento.
Una idea central de esta mentalidad consiste en ver el subdesarrollo como un destino impuesto, culpa exclusiva de un enemigo externo. Esta visión, popularizada por libros como Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, convierte la pobreza en una religión: “nos hicieron pobres”. Aunque contiene hechos históricos, su uso ideológico ha paralizado el desarrollo, fomentando el victimismo y la irresponsabilidad.
El “idiota perfecto” responsabiliza siempre a fuerzas externas —el imperialismo, el capitalismo, la globalización— y rechaza la construcción de instituciones, la productividad, el Estado de derecho y la ciudadanía. Así, sociedades enteras se vuelven menores de edad: víctimas perpetuas, nunca responsables. Esta visión no es solo un error, sino un negocio político que evita rendir cuentas.
Otra falacia común es la indulgencia moral hacia el autoritarismo cuando se presenta como “popular”. En América Latina, lo imperdonable se perdona con la excusa de que “hizo algo por los pobres”, justificando censura, persecución y ruina. El “idiota perfecto” evalúa gobiernos por sus discursos, no por las libertades ni por los resultados.
El resentimiento social se usa como herramienta política: dividir la sociedad entre pueblo y enemigos, alimentar el odio y convertir al líder en redentor. Para el caudillo, el pobre es su justificación; necesita conflicto y enemigos para sostener su poder.
En el centro de esta mentalidad está la desconfianza hacia el individuo libre y el culto al Estado como padre absoluto, que reparte, castiga y controla. Pero ese culto no genera justicia ni igualdad, sino dependencia, clientelismo y la criminalización de la libertad.
Eduardo Galeano fue un escritor talentoso que conmueve y seduce. Las venas abiertas fueron para muchos un despertar emocional, pero su valor literario oculta un peligro: enseña a sentir, no a comprender. Convierte hechos históricos complejos en un relato cerrado y absoluto: “somos pobres porque nos robaron”. Esto conduce a la conclusión errónea de que la solución es culpar, resistir y expropiar, no trabajar ni modernizar
Hugo Chávez abrazó esta visión porque le entregaba un enemigo externo y una justificación moral para su control autoritario. Así, Las venas abiertas se volvió un arma política para justificar el fracaso y la destrucción.
Este libro cayó en mis manos como un regalo: Fácil de leer, fácil de entender y difícil de digerir. Veinticinco años después encontré la verdad más clara en Manual del perfecto idiota latinoamericano, publicado en 1996, donde todo se situaba con mayor precisión desde el punto de vista histórico.
La verdadera explicación del atraso latinoamericano no puede ignorar la responsabilidad interna: las instituciones fuertes, la cultura de legalidad, el respeto a la propiedad, la educación productiva, la alternancia democrática y la responsabilidad política son factores decisivos. No basta culpar al pasado; el presente exige asumir errores y cambiar.
Galeano fue un gran escritor, pero su tesis se convirtió en una trampa intelectual que ha impedido a América Latina comprender sus problemas reales. Mientras se siga creyendo que la pobreza es solo culpa del enemigo externo, la región continuará siendo terreno fértil para caudillos que prometen redención, pero solo traen expropiación y destrucción.