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Por Redacción Internacional
Nueva York.- Nicolás Maduro y Cilia Flores ya pisan Nueva York, no como estadistas ni como invitados a una cumbre internacional, sino como lo que siempre han sido: acusados de narcotráfico y posesión de armas. El relato épico del chavismo, ese que hablaba de soberanía, antiimperialismo y dignidad, se estrella ahora contra las paredes frías de un tribunal estadounidense. El hombre que se vendió como heredero de Chávez llega esposado por la realidad, acompañado de una esposa que durante años movió hilos, influencias y silencios desde las sombras del poder.
Antes de que el avión tocara suelo norteamericano, Donald Trump ya había calentado el escenario. Amenazó con una segunda oleada de ataques si el chavismo intenta resistirse, dejando claro que esta vez no hay margen para el chantaje ni para la victimización habitual. “Vamos a gobernar Venezuela hasta que haya una transición segura”, dijo, en una frase que, guste o no, marca el tono de lo que viene: el final de la impunidad. Porque cuando un régimen solo se sostiene a base de armas y droga, cualquier transición será siempre forzada.
Trump, además, aprovechó para lanzar otro dardo, esta vez contra María Corina Machado. Negó que la líder opositora cuente con el apoyo y el respeto necesarios para conducir una transición política, minimizando su figura y dejando claro que Washington no reparte cheques en blanco. El mensaje es sencillo: aquí no hay héroes automáticos ni salvadores prediseñados. La oposición venezolana también está bajo examen, y sus liderazgos deberán demostrar algo más que discursos y premios.
Lo que ocurre hoy con Maduro no es un accidente ni una persecución aislada. Es el resultado lógico de años de corrupción, alianzas criminales y desprecio absoluto por un pueblo empobrecido. El chavismo apostó a que el poder era eterno y que la justicia nunca cruzaría fronteras. Se equivocaron. Nueva York no es Miraflores, y esta vez no hay cadenas nacionales, ni colectivos, ni discursos interminables que valgan. Solo queda sentarse en el banquillo y escuchar, en silencio, cómo se les cae el cuento.