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Por Tania Tasé ()

Berlín.- Me han enviado esta foto desde La Habana. En uno de sus municipios periféricos trata de ganarse la vida cada día un señor mayor.

Él debería estar tranquilo en su casa o en la playa, tal vez en un cine o un teatro; disfrutando del fruto de su trabajo de toda la vida.

Sucede que la jubilación no le alcanza a nadie en Cuba para comer siquiera. Entonces él hace para vender hornillas de carbón, que fabrica a partir de ollas y otros cacharros en desuso.

¿Quién cocina con carbón en el mundo este siglo XXI. No por hobby, o porque es cool usarlo en una parrillada de domingo, sino por pura necesidad y como única opción?

Solamente los cubanos.

¡Y sí! Ya sé que lo hemos normalizado, que esto ya no asombra a nadie y que hay ancianos en condiciones peores, (vergüenza!).

No por eso me conmueve menos.

Los cubanos en el exilio vivimos con un susto eterno. El susto que nunca se va. El temor por los que están allá.

Pero hay otro susto, el que yo denomino el susto mezclado con alivio, del «menos mal «, o el de «gracias a Dios».

Hoy he visitado a mi papá, como casi cada sábado. Y mientras conversaba y reía con él, no apartaba de mi cabeza esta imagen. No quería pensar, pero no se iba.

Pensaba en el anciano que tiene que registrar en la basura buscando ollas que otros desecharon, construir sus rústicos artefactos, para después caminar kilómetros bajo el sol inclemente de Cuba, y con mucha suerte, lograr comer ese día.

No sé su nombre y ni siquiera he visto su cara, pero andaba en mi cabeza mientras yo sonreía a mi padre, también jubilado y pensaba; menos mal, ¡gracias a Dios que no estás en Cuba!

No sé si es egoísta eso. Porque inmediatamente, llega la culpa esa que sentimos muchos, cuando pensamos en la vida normal-digna (¡esa sí!) que tenemos aquí y donde quiera, excepto en la isla de la tristeza, que antes se llamaba Cubita la bella.

Y tenía en mi mente algo que escribió mi amiga ayer cuando me envió la foto:

«Ya casi no se escucha su pregón, lo dice muy bajito y camina muy despacito «.

El paso y la voz de un ser humano muy cansado y que ya perdió hasta la última esperanza.

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