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Los tres rostros de la tiranía: Nerón, Calígula y Cómodo, el poder absoluto entre la locura y la paranoia

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Introducción: El poder absoluto como maldición

La historia del Imperio Romano está jalonada de grandes gobernantes, administradores eficientes y generales victoriosos. Pero también alberga las sombras de aquellos que, investidos de un poder sin límites, se convirtieron en el espejo donde se reflejan los peores abismos de la condición humana. Nerón, Calígula y Cómodo conforman una tríada siniestra que ha fascinado a historiadores, psicólogos y artistas durante dos milenios. ¿Qué los convierte en arquetipos universales de la tiranía? ¿Fueron realmente los monstruos que la tradición nos ha legado o víctimas de una propaganda hostil escrita por sus verdugos?

Este ensayo se adentra en las vidas de estos tres emperadores para desentrañar los mecanismos del poder absoluto, la fragilidad de la mente humana cuando nada la contiene y la delgada línea que separa al gobernante del tirano. Porque en sus historias, escritas con sangre sobre los mármoles de Roma, se esconden lecciones sobre la naturaleza del poder que siguen vigentes en nuestros días.

Calígula: el insomnio del poder (37-41 d.C.)

El heredero de las botitas

Cayo Julio César Augusto Germánico, a quien el mundo recuerda por el apodo infantil de Calígula («botitas»), nació el 31 de agosto del año 12 en Anzio. Era hijo de Germánico, uno de los generales más queridos y respetados de Roma, y de Agripina la Mayor, nieta de Augusto. Durante su infancia acompañó a su padre en las campañas militares en Germania, donde los legionarios, con ese afecto rudo que caracteriza a los soldados, lo vistieron con un uniforme en miniatura que incluía pequeñas botas militares —las caligas— de donde surgió el apelativo que lo acompañaría toda su vida.

La muerte de su padre en extrañas circunstancias en el año 19 —envenenado, según se rumoreaba, por agentes de Tiberio— marcó un punto de inflexión. La familia cayó en desgracia. Su madre y sus hermanos fueron exiliados o ejecutados acusados de traición, y el joven Calígula pasó a vivir primero con su bisabuela Livia y luego con su abuela Antonia. Estas experiencias tempranas —la pérdida, el exilio, la sospecha constante— moldearon un carácter que aprendería muy pronto que la confianza era un lujo que los césares no podían permitirse.

Cuando Tiberio murió el 16 de marzo del año 37, Calígula ascendió al trono con solo 24 años, recibiendo un Imperio próspero y en paz. Las crónicas coinciden en que sus primeros meses de gobierno fueron ejemplares: concedió bonificaciones al ejército, devolvió el derecho a voto al pueblo, rebajó impuestos y liberó a presos políticos. El pueblo lo adoraba. Los senadores, todavía traumatizados por los últimos años de Tiberio, veían en él la esperanza de un rejuvenecimiento del principado.

Pero algo ocurrió. Y ese algo, según la tradición, fue una grave enfermedad que sufrió en octubre del año 37, apenas siete meses después de asumir el poder.

El despertar de la bestia

La enfermedad de Calígula es el gran misterio de su reinado. Los historiadores antiguos afirman que, cuando se recuperó, ya no era el mismo hombre. Suetonio describe un cambio radical: «Después de la enfermedad se le trastornó el carácter». ¿Fiebre cerebral? ¿Encefalitis? ¿Epilepsia? Los diagnósticos retrospectivos son imposibles, pero lo que importa es el resultado: el joven prometedor se convirtió en un tirano paranoico.

Calígula comenzó a considerarse un dios en vida, algo que sus predecesores —Augusto, Tiberio— habían reservado para después de la muerte. Mandó construir templos en su honor, exigía que lo llamaran «Júpiter» y se presentaba ante el Senado con atuendos divinos. Su relación con la cámara senatorial se deterioró rápidamente; los veía como una banda de conspiradores y no dudó en humillarlos sistemáticamente. Suetonio relata que obligaba a senadores ancianos a correr junto a su litera, o los hacía esperar de pie durante horas bajo el sol antes de recibirlos.

El episodio más famoso de su supuesta demencia es el de su caballo Incitatus. Según la tradición, Calígula planeaba nombrarlo cónsul, el cargo más alto de la República. La anécdota, probablemente exagerada por sus enemigos, refleja sin embargo el desprecio del emperador hacia las instituciones tradicionales. Si un caballo podía ser cónsul, entonces el consulado no valía nada. Era una provocación calculada, no una locura.

Pero también hubo crímenes reales. Eliminó a su primo Tiberio Gemelo, con quien debía compartir el poder según el testamento de Tiberio. Hizo ejecutar a su suegro y a cuantos senadores despertaban sus sospechas. Las fuentes lo acusan de mantener relaciones incestuosas con sus hermanas —Agripina, Drusila y Livila— y de obligar a estas a prostituirse. También describen sus interminables bacanales, donde la crueldad y la depravación sexual se daban la mano.

El historiador Dión Casio, escribiendo casi dos siglos después, ofrece un retrato aterrador: Calígula disfrutaba contemplando torturas, no dormía más de tres horas y deambulaba por los pasillos del palacio invocando la llegada del día. Su paranoia era tal que veía conspiraciones por todas partes… hasta que una conspiración real acabó con él.

La caída

El 24 de enero del año 41, mientras salía de unos juegos en el Palatino, Calígula fue abordado por un grupo de pretorianos liderados por Casio Querea, a quien había humillado públicamente. Los primeros golpes no fueron mortales, pero cuando el emperador cayó al suelo, los conjurados se abalanzaron sobre él y lo remataron con más de treinta puñaladas. Su esposa Milonia Cesonia y su pequeña hija Julia Drusila también fueron asesinadas ese mismo día.

Tenía solo 28 años y había reinado menos de cuatro.

La paradoja de Calígula es que, a pesar de su brevísimo reinado, se convirtió en el arquetipo del emperador loco y depravado. La historia la escribieron sus asesinos y los senadores que lo odiaban, y es muy probable que muchas de las acusaciones —especialmente las relativas a su vida sexual— sean exageraciones maliciosas. Pero el hecho central permanece: Calígula descubrió que el poder absoluto, cuando no encuentra contrapesos, puede deformar la mente humana hasta límites insospechados.

Nerón

Nerón: el artista que incendió Roma (54-68 d.C.)

El joven prometedor

Lucio Domicio Enobarbo —ese era su nombre de nacimiento— vino al mundo el 15 de diciembre del año 37 en Anzio, la misma ciudad que había visto nacer a Calígula tres décadas antes. Su padre, Cneo Domicio Enobarbo, era un hombre de mal carácter al que el emperador Tiberio había acusado de traición, adulterio e incesto. Su madre, Agripina la Menor, era hermana de Calígula y una mujer de una ambición desmedida, acostumbrada a moverse en los peligrosos pasillos del poder imperial.

Cuando Nerón tenía dos años, su padre murió. Su madre fue desterrada por Calígula y el niño quedó bajo la tutela de su tía Domicia Lépida. Pero la fortuna de la familia cambió radicalmente cuando Claudio, el nuevo emperador, permitió el regreso de Agripina del exilio y, en el año 49, se casó con ella. Agripina maniobró con habilidad para que Claudio adoptara a Nerón en el año 50, desplazando a su propio hijo Británico como heredero. El joven pasó a llamarse Claudio Nerón César Druso y, a los 16 años, se convirtió en el emperador más joven de la historia romana tras la misteriosa muerte de Claudio —envenenado, según las malas lenguas, por la propia Agripina.

Los primeros años del reinado de Nerón fueron un modelo de buen gobierno. Gobernó asesorado por dos figuras excepcionales: Séneca, el filósofo estoico, y Sexto Afranio Burro, el prefecto del pretorio. Bajo su influencia, el Imperio disfrutó de estabilidad, se mejoró la administración de justicia y se redujeron los impuestos. El joven Nerón se interesaba por la poesía, la música y las artes escénicas, algo que escandalizaba a la aristocracia tradicional pero que el pueblo —siempre amante de los espectáculos— celebraba con entusiasmo.

La espiral de sangre

Pero el poder, como una droga, comenzó a exigir dosis cada vez más altas. La primera víctima fue su hermanastro Británico, envenenado en el año 55 cuando contaba 14 años y comenzaba a representar una amenaza para el trono. Luego vino su madre, Agripina. La relación entre ambos se había ido deteriorando a medida que Nerón intentaba liberarse de su dominio. Ella pretendía seguir gobernando a través de él; él aspiraba a ser dueño de su propio destino. En el año 59, Nerón ordenó su asesinato. Según las crónicas, intentó primero hundir el barco en el que viajaba, pero ella logró nadar hasta la orilla. Finalmente, envió a un pelotón de soldados que la ejecutaron en su villa. Se dice que, cuando le comunicaron la noticia, Nerón comentó con cinismo: «No sabía que tenía una madre tan hermosa».

En el año 62 murió Burro, probablemente envenenado, y Séneca se retiró de la corte. Sin sus consejeros moderadores, Nerón se entregó sin freno a sus pasiones. Se divorció de su esposa Octavia —hija de Claudio— para casarse con Popea Sabina, la mujer de sus sueños, y ordenó el destierro y posterior ejecución de Octavia para allanar el camino. Según Suetonio, en un arranque de ira durante una discusión, Nerón mató a Popea de una patada en el vientre, cuando estaba embarazada. Otras fuentes lo niegan, pero el hecho de que la noticia circulara indica hasta qué punto la figura del emperador se había convertido en sinónimo de violencia desatada.

El incendio y los cristianos

La noche del 18 al 19 de julio del año 64, Roma ardió. El fuego se desató en las tiendas alrededor del Circo Máximo y, avivado por el viento, se extendió durante seis días y siete noches. Catorce de los diecisiete distritos de la ciudad quedaron total o parcialmente destruidos. Millares de personas murieron o perdieron sus hogares.

¿Fue Nerón el responsable? La tradición lo ha condenado sin paliativos: el emperador, según Suetonio, contempló las llamas desde la Torre de Mecenas mientras cantaba y tocaba la lira, inspirándose en el incendio de Troya. La imagen del «emperador que tocaba la lira mientras Roma ardía» se ha grabado a fuego en el imaginario colectivo. Pero Tácito, el historiador más fiable de la época, ofrece una versión más matizada: Nerón se encontraba en Anzio cuando comenzó el fuego y regresó rápidamente a Roma para organizar las tareas de rescate y socorro, abriendo sus propios jardines para albergar a los desamparados y rebajando el precio del trigo.

Lo que está claro es que el rumor popular señaló al emperador como culpable. Para desviar las sospechas, Nerón encontró un chivo expiatorio: los cristianos. Esta pequeña secta, mal vista por judíos y paganos por igual, era el blanco perfecto. Comenzó entonces la primera persecución sistemática contra los seguidores de Cristo. Tácito describe con horror los métodos empleados: «Cubiertos con pieles de bestias, [los cristianos] eran desgarrados por los perros y sufrían, o eran clavados a cruces, o eran arrojados a las llamas y quemados, para que sirvieran de iluminación nocturna cuando la luz del día había desaparecido» .

Entre las víctimas de esta persecución se encontraban, según la tradición, los apóstoles Pedro —crucificado cabeza abajo en el Vaticano— y Pablo —decapitado en la vía Ostiense. La utilización de cristianos como antorchas humanas para iluminar las fiestas en los jardines imperiales es uno de los episodios más siniestros de la historia romana, y la sombra de Nerón se proyecta desde entonces sobre la memoria de la Iglesia primitiva.

El fin del artista

Los últimos años del reinado de Nerón fueron una carrera hacia el abismo. Su pasión por las artes escénicas —cantar, tocar la lira, actuar— escandalizaba a la aristocracia, que consideraba estas actividades indignas de un emperador. Él, sin embargo, se entregó a ellas sin pudor, llegando a actuar en teatros públicos y a participar en competiciones artísticas en Grecia. En el año 67, durante su gira por la Hélade, ganó todos los certámenes en los que participó —probablemente porque los jueces sabían lo que les convenía— y proclamó la libertad de las ciudades griegas, un gesto de megalómana generosidad.

Pero en Roma, la situación se deterioraba. En el año 65, la conjura de Pisón pretendió asesinarlo, y su represión fue brutal: entre los ejecutados se encontraba el propio Séneca, obligado a abrirse las venas. Las conspiraciones se multiplicaban, y la paranoia del emperador crecía. En marzo del 68, el gobernador de la Galia Lugdunense, Cayo Julio Vindex, se rebeló. Le siguieron el gobernador de la Tarraconense, Servio Sulpicio Galba, y el de África, Lucio Clodio Macro.

Nerón, que había perdido el apoyo del Senado y de la Guardia Pretoriana, fue declarado enemigo público. Huyó de Roma y se refugió en la villa de un liberto, a cuatro millas de la ciudad. Allí, el 9 de junio del año 68, cuando supo que los soldados habían llegado para capturarlo, se clavó una daga en la garganta con la ayuda de su secretario Epafrodito. Sus últimas palabras, según Suetonio, fueron: «¡Qué artista muere conmigo!»

Tenía 30 años. Había reinado durante casi catorce.

Cómodo

Cómodo: el gladiador imperial (180-192 d.C.)

El hijo del emperador filósofo

Lucio Aurelio Cómodo nació el 31 de agosto del año 161 en Lanuvium, cerca de Roma. Era hijo del emperador Marco Aurelio, el «emperador filósofo», autor de las célebres Meditaciones, y de Faustina la Menor, hija del emperador Antonino Pío. A diferencia de sus predecesores adoptivos —Nerva, Trajano, Adriano, Antonino y el propio Marco Aurelio habían sido elegidos por mérito, no por sangre—, Cómodo fue el primer hijo biológico que heredaba el trono en casi un siglo .

Marco Aurelio, consciente de la responsabilidad, proporcionó a su hijo la mejor educación posible, confiándolo a los cuidados del célebre médico Galeno y rodeándolo de «una abundancia de buenos maestros» . Sin embargo, el enfoque fue predominantemente intelectual, quizá en detrimento de la formación militar que todo princeps necesitaba .

En el año 172, Cómodo acompañó a su padre al frente del Danubio durante las guerras marcomanas, y allí recibió el título de Germanicus tras las victorias paternas . En 176 fue nombrado imperator, y en 177 recibió el título de augustus y la tribunicia potestas, los poderes que lo convertían en coemperador con plenas facultades . El 1 de enero de 177, con solo 15 años, se convirtió en el cónsul más joven de la historia romana hasta ese momento .

Cuando Marco Aurelio murió el 17 de marzo del año 180, en Viena, durante la campaña contra los marcomanos, Cómodo se convirtió en único emperador. Tenía 18 años.

De la promesa al desengaño

Los primeros actos de Cómodo parecieron sensatos: negoció rápidamente la paz con las tribus germánicas, algo que su padre no había logrado en años, y regresó a Roma para celebrar un triunfo en octubre. El pueblo lo recibió con entusiasmo. Era joven, apuesto, y su linaje —hijo del admirado Marco Aurelio— le granjeaba simpatías.

Sin embargo, pronto se hizo evidente que Cómodo no compartía el talante filosófico y la dedicación al deber de su padre. Odiaba las tareas administrativas y delegaba cada vez más en sus favoritos, entre ellos Saotero, un liberto de Nicomedia que acumuló un poder desmedido . La aristocracia senatorial comenzó a murmurar; el emperador no se tomaba en serio sus responsabilidades y prefería entregarse a los placeres.

En 182, su propia hermana, Lucila, organizó una conspiración para asesinarlo. El intento fracasó, pero marcó un antes y un después en el carácter de Cómodo. A partir de entonces, su gobierno se volvió cada vez más despótico y paranoico. Ejecutó a numerosos senadores, entre ellos a su cuñado y a los conspiradores, y se rodeó de hombres de confianza de origen humilde, como Cleandro, un esclavo frigio que llegó a controlar la administración imperial y a vender cargos públicos abiertamente.

Dión Casio, contemporáneo de los hechos, resumió la tragedia del reinado con una frase lapidaria: «El reinado de Cómodo marcó la transición de un reino de oro y plata a uno de óxido y hierro» .

El espectáculo de la degradación

Lo que hizo único a Cómodo entre los «malos emperadores» fue su obsesión por los juegos de gladiadores. No se limitaba a contemplarlos desde el palco: bajaba él mismo a la arena para combatir, vestido como gladiador, ante la mirada atónita de senadores y pueblo.

Herodiano, autor de la historia más detallada de su reinado, relata cómo el emperador se entrenaba concienzudamente en las escuelas de gladiadores. De constitución poderosa, Cómodo destacaba especialmente en las venationes, las cacerías de fieras. En una ocasión, según Herodiano, abatió cien tigres utilizando exactamente cien jabalinas, tal era su puntería. El público, al principio, celebraba su destreza. Pero pronto la situación se volvió grotesca.

Cuando Cómodo entraba en la arena desnudo, cubierto solo con el taparrabos de los gladiadores, y empuñaba sus armas, el espectáculo se tornaba patético. Herodiano comenta: «El pueblo vio un espectáculo lamentable, un emperador de los romanos […] que, en vez de tomar las armas contra bárbaros o enemigos dignos de los romanos, deshonraba su alto rango con exhibiciones degradantes y repulsivas».

El colmo de la humillación llegó cuando Cómodo decidió recibir a los cónsules en los barracones de gladiadores, rodeado de esclavos y rufianes, en lugar de en el palacio imperial vestido con la toga púrpura. Para él, la escuela de gladiadores era su verdadero hogar; el palacio, una residencia secundaria.

La locura de la divinización

Como Calígula, Cómodo desarrolló delirios de grandeza divina. Se identificaba con Hércules, adoptando la piel de león y la clava como atributos, y se hacía retratar como el héroe mitológico. Cambió el nombre de Roma por el de «Colonia Lucia Ania Comodiana», rebautizó las legiones pretorianas como «comodianas hercúleas», y dio su nombre al mes de julio y al Senado («Bienaventurado Senado Comodiano») .

Por doquier se erigieron estatuas suyas, hasta en el propio Senado. Mandó sustituir con su efigie la cabeza del coloso de Nerón que se alzaba junto al Coliseo, convirtiendo el monumento en una imagen de sí mismo como Hércules. La megalomanía había alcanzado cotas patológicas.

El historiador Dión Casio relata una escena particularmente reveladora: durante una venatio, Cómodo decapitó de un tajo a un avestruz y, con la cabeza sangrante en una mano y la espada en la otra, se acercó amenazante a la tribuna de los senadores, moviendo la cabeza como si también ellos fueran a correr la misma suerte. Los senadores, presos del pánico, disimulaban una risa nerviosa masticando las hojas de laurel de sus coronas. Entonces, por orden del emperador, exclamaron al unísono: «¡Tú, nuestro Señor, tú, el primero y el más afortunado de los hombres, venciste y vencerás, Amazonio, por siempre victorioso!» .

El fin del gladiador

A finales del año 192, Cómodo decidió que el 1 de enero de 193 aparecería en público no como emperador, sino como gladiador, para asumir su segundo consulado desde los barracones. Su concubina Marcia, el prefecto del pretorio Leto y el chambelán Eclecto intentaron disuadirlo, pero solo consiguieron enfurecerlo.

Esa noche, Cómodo escribió en una tablilla los nombres de quienes debían morir al día siguiente: Marcia, Leto y Eclecto encabezaban la lista, seguidos de un gran número de senadores. Dejó la tablilla sobre su lecho y se fue a bañar.

Un paje llamado Filocómodo, con quien el emperador solía dormir, entró en la habitación buscando algo con que entretenerse y encontró la tablilla. Se la llevó para jugar, y se topó con Marcia. Ella, curiosa, la tomó y leyó su contenido .

Horrorizada, Marcia reunió a Leto y Eclecto. Juntos urdieron un plan. Esa noche, cuando Cómodo regresó del baño, Marcia le ofreció una copa de vino envenenado. El veneno actuó lentamente, provocándole convulsiones y sueño. Los conspiradores, temiendo que sobreviviera, enviaron a un joven atleta llamado Narciso, que entró en la habitación y estranguló al emperador mientras dormía o estaba sedado por el veneno .

Era el 31 de diciembre del año 192. Cómodo tenía 31 años y había reinado doce.

Con su muerte, el Imperio se sumió en una guerra civil conocida como el Año de los Cinco Emperadores, de la que emergería Septimio Severo como nuevo soberano, fundando la dinastía Severa.

Conclusiones: Tres rostros, una misma esencia

Nerón, Calígula y Cómodo compartieron algo más que el título de emperadores. Los tres accedieron al poder siendo muy jóvenes —Calígula a los 24, Nerón a los 16, Cómodo a los 18—, sin la madurez ni la experiencia necesarias para manejar una maquinaria de poder tan colosal. Los tres comenzaron sus reinados con promesas de buen gobierno y pronto derivaron hacia la tiranía. Y los tres murieron asesinados —o forzados al suicidio— víctimas de las conspiraciones que su propia paranoia había alimentado.

Pero sería injusto reducirlos a meros monstruos. Calígula, más allá de las exageraciones de sus enemigos, fue un emperador que intentó llevar la autocracia a sus últimas consecuencias, despreciando las convenciones republicanas que aún ataban a sus predecesores. Nerón fue un amante de las artes en una sociedad que consideraba indigno que un emperador subiera a las tablas, y su persecución de los cristianos, por horrible que fuera, fue más un acto de pragmatismo político que de locura teológica. Cómodo fue un producto de su tiempo, el primer heredero biológico en un sistema diseñado para la adopción del mejor, y su fracaso reveló las debilidades estructurales del principado.

Lo que hace que estas figuras sigan fascinándonos dos milenios después no es tanto su crueldad individual como lo que representan: el poder absoluto desatado, la fragilidad de la mente humana cuando nada la contiene, la delgadísima línea que separa al gobernante del tirano. Sus historias nos recuerdan que las instituciones importan, que los contrapesos son necesarios, y que un hombre investido de poder sin límites es, antes o después, un hombre perdido.

La Roma que los vio nacer, sufrir y morir ya no existe. Pero la lección de sus vidas sigue vigente: el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Y cuando la corrupción alcanza la cima del Estado, todo el edificio tiembla. Por eso, dos mil años después, seguimos mirando a estos tres emperadores no con morbo, sino con la inquietud de quien reconoce en ellos un espejo de lo que todos podríamos llegar a ser si las ataduras de la civilización se rompieran.

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