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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Hay oficios que no están en el catálogo de profesiones, pero que son esenciales para la maquinaria de un régimen. Uno es el de vocero de las desgracias. Ese es el título tácito del doctor Francisco Durán, el hombre que cada día se sentó frente a una cámara para narrar el colapso sanitario cubano como si fuera un boletín meteorológico de una tarde apacible.

Con su bata blanca y su rostro de abuelo benigno, su misión no es informar, sino tranquilizar. Su lenguaje es un ungüento de eufemismos: no hay desabastecimiento de medicamentos, hay «situaciones puntuales de disponibilidad»; no hay pacientes muriendo por falta de insulina o antibióticos, hay «desenlaces fatales en un contexto epidemiológico complejo».

Durán fue el arquitecto verbal de la pandemia en Cuba, el que convertía morgues desbordadas en «logros de la biotecnología nacional». Su función es clínica, pero al revés: no diagnosticar la enfermedad, sino anestesiar a quien la padece.

Si Durán es el anestesista, Lázaro Guerra Hernández es el electricista de la ficción. Con su rostro de técnico preocupado y sus gráficos de colores en la Mesa Redonda, su tarea es la más quijotesca: explicar por qué un país entero vive a oscuras. Él no habla de colapso generacional, corrupción y desinversión; habla de «averías no programadas», «grupos electrógenos en mantenimiento» y «ciclos de distribución de carga».

Es el especialista en transformar la catástrofe en un problema de logística, la ruina estructural en un contratiempo técnico. Su voz pausada y sus explicaciones enrevesadas son un sedante colectivo. Mientras él habla de «estabilizar el Sistema Eléctrico Nacional», una madre en Centro Habana trata de conservar la leche de su hijo sin refrigeración. Él opera en el reino de los megavatios teóricos; el pueblo, en el de los apagones reales.

La normalización de lo aberrante

Lo siniestro de su labor no está en la mentira descarada, sino en la normalización de lo aberrante. Han logrado que la población acepte como natural lo que en cualquier otra nación sería motivo de una revuelta inmediata. Un apagón de 18 horas ya no es una emergencia nacional; es «un día de ciclos de alivio».

La falta de penicilina en todos los hospitales de una provincia ya no es un escándalo; es «una situación que se atiende con prioridad». Son los alquimistas del régimen, transmutando el fracaso en gestión, la negligencia en sacrificio, y el desastre en un desafío heroico. Su éxito se mide por la ausencia de pánico, no por la solución de los problemas.

Detrás de sus rostros, que inspiran más una lástima condescendiente que un odio visceral, hay un cálculo perverso. Ellos son el fusible humano. Cuando la presión social por la luz o la salud sube demasiado, no aparece Miguel Díaz-Canel; aparecen Durán y Guerra.

Ellos absorben el descontento, lo diluyen en jerga técnica o médica, y le dan al poder lo más valioso: tiempo. Tiempo para que la casta gobernante en sus oficinas con aire acondicionado y generadores propios siga viviendo aislada de la realidad que ellos maquillan. Son el cortafuegos entre el palacio y el pueblo, el muro de contención hecho de corbata y diapositivas.

Credibilidad agotada

Pero su teatro tiene un límite, y ese límite lo marca la física, no la propaganda. No se puede curar un cáncer con un parte médico optimista, ni encender un bombillo con una explicación sobre la inversión del bloqueo. La credibilidad de estos funcionarios se agota a la misma velocidad que la batería de un celular durante un apagón.

Cada vez más cubanos miran a Durán y ven, no a un doctor, sino al encargado del funeral; miran a Guerra y ven, no a un ingeniero, sino al contador de una bancarrota energética. Han pasado de ser voceros a ser síntoma: la prueba viviente de que el régimen ya no tiene soluciones, solo narradores para su derrumbe.

Al final, su legado no será el de haber salvado vidas o restaurado la electricidad. Será el de haber sido los cronistas oficiales de la ficción, los hombres que pusieron su rostro y su profesión al servicio de la gran mentira: que todo estaba bajo control, mientras todo se desmoronaba a sus pies.

Cuando la historia juzgue este desastre, sus discursos quedaran como el ruido de fondo de la decadencia, la prueba de que el último recurso de un poder en extinción es contratar buenos actores para interpretar la normalidad que ya no existe.

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