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Por Luis Alberto Ramirez ()

Leticia Martínez Hernández, jefa del equipo de prensa de Miguel Díaz-Canel, escribió recientemente en su red social: “Esta revolución hace mucho por sus niños, a diario y en todos los frentes. Que eso no se olvide nunca. Pero situaciones como la de esa foto de niños durmiendo en las calles que circula son inadmisibles.” ¿inadmisible publicarlas o permitirlas? No la entendí. Sin embargo, lo que parece olvidar la funcionaria es que la Revolución Cubana hace mucho tiempo dejó de tener a la niñez como prioridad. Si alguna vez realmente la tuvo.

Desde los primeros años del proceso revolucionario, los juguetes desaparecieron de los escaparates y las ilusiones infantiles fueron sustituidas por consignas políticas. Se acabaron los Reyes Magos, las cartas llenas de inocencia y las fiestas navideñas. En su lugar, llegó la doctrina del “niño nuevo”, aquel que debía ser “pionero por el comunismo” y “como el Che”, un modelo de obediencia, sacrificio y adoctrinamiento. En la Cuba revolucionaria, los niños aprendieron desde temprana edad que la patria y el trabajo estaban por encima de los sueños. También que la felicidad debía tener forma de consigna.

Un gobierno que considera que los niños mayores de siete años no necesitan leche no puede decir que se preocupa por ellos. Esa política absurda, impuesta hace décadas, revela una mentalidad que no ve en la infancia un sector vulnerable, sino un recurso ideológico. Las carencias materiales, las escuelas en ruinas y el hambre cotidiana no son simples “dificultades coyunturales”. No es como suelen repetir los voceros del régimen, sino síntomas de un sistema que ha perdido toda sensibilidad social.

Hipocresía desde las oficinas

Algunos hijos, como las de Leticia Martínez, llevan otra vida

Lo que Leticia Martínez califica como “inadmisible”, niños durmiendo en las calles o pidiendo limosna en las afueras de hoteles turísticos, no es un fenómeno reciente ni aislado. Desde hace años, en ciudades como La Habana, Santiago o Matanzas, se ven menores de edad merodeando en las noches, buscando algo que comer o esperando la caridad de algún turista. Lejos de ofrecerles protección o asistencia, las autoridades los reprimen. Muchos son detenidos y enviados a “centros de reeducación”, donde aprenden, a golpes, que la pobreza también es un delito.

Mientras los dirigentes repiten que la Revolución “no deja a nadie desamparado”, las calles cuentan otra historia: la de una niñez abandonada, sin juguetes, sin leche, sin futuro. Tal vez lo más inadmisible no sean las fotos de esos niños, sino la hipocresía de quienes, desde sus oficinas y redes sociales, pretenden defender una imagen de país que hace mucho se derrumbó.

Porque la verdadera revolución, la que algún día deberá llegar a Cuba, será la que devuelva a los niños su inocencia, su alegría y su derecho a soñar, sin consignas ni fusiles.

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