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Por Max Astudillo ()
La Habana.- En Cuba no hay derechos humanos. Hay concesiones. Permisos revocables. Una especie de limosna estatal que el poder otorga y retira según la lealtad, el silencio o la sumisión del destinatario. Lo primero que te quitan es la idea misma de que te pertenecen. Te educan para creer que son un regalo de la Revolución, y que como todo regalo, puede ser retirado si no eres lo suficientemente agradecido. Así, la violación más profunda es la pedagógica: han logrado que generaciones entiendan la dignidad como un favor, no como una condición innata.
El capítulo más visible de este despojo son las cárceles. No hablo solo de los presos políticos históricos, aquellos que durante décadas pagaron con su vida el delito de discrepar. Hablo de ahora, de este minuto. En una celda de alta seguridad, un joven artista cumple condena por pintar una frase en una pared. Una madre está encarcelada por exigir medicamentos para su hijo. Un periodista independiente se pudre en un calabozo por grabar la cola de un pan.
Son presos políticos, aunque el régimen se afane en llamarlos «mercenarios» o «delincuentes comunes». Su crimen es una sola palabra: alteridad. Ser otro. Pensar distinto. Y para eso, el estado tiene una máquina aceitada de represión: la Seguridad del Estado, con sus hordas de agentes civiles y uniformados, sus citaciones intimidatorias, sus actos de repudio reciclados en formato digital, su asfixia económica calculada. Persiguen no un acto, sino un pensamiento. Han criminalizado la conciencia.
Pero la tiranía más efectiva no siempre lleva porra. A veces lleva bata blanca, o el uniforme raído de un conductor de guagua. Es la tiranía de lo ausente. Es el derecho a alimentarse, convertido en la odisea diaria de conseguir, a precios de oro, lo que la libreta de racionamiento prometía en otra época.
Es el derecho a la salud, un sarcasmo monumental en hospitales donde faltan desde analgésicos hasta electricidad, donde te piden que lleves tus propias gasas y donde la diáspora médica ha dejado salas de espera llenas de pacientes y consultorios vacíos de doctores.
Tambien es el derecho a una vivienda digna, mientras edificios completos se desploman en La Habana como castillos de arena, y construir o reparar tu propio techo es una carrera de obstáculos burocráticos y de escasez material que puede durar una vida.
Es el derecho al transporte, reducido a aglomeraciones inhumanas bajo el sol o la lluvia, esperando una máquina que nunca llega. O es el derecho a elegir y ser elegido, una farsa donde las boletas solo tienen un nombre y el parlamento es un coro de aplausos. Es el derecho al trabajo, que no garantiza un salario que alcance para vivir, sino que te obliga a convertirte en un «inventor» o un delincuente para subsistir. Es el derecho a la información, sustituido por el monólogo férreo de Granma y los noticieros que informan de un país que no existe.
El régimen cubano ha perfeccionado un sistema de violaciones entrelazadas. La persecución política te quita la libertad. La crisis económica te quita el sustento. El colapso de los servicios te quita la paz, la salud, la movilidad. Es un círculo vicioso diseñado para que el ciudadano esté tan ocupado sobreviviendo –buscando un huevo, un torniquete para el hospital, un pasaje para llegar al trabajo– que no le quede aliento, ni tiempo, ni energía para exigir libertad. Primero te roban el presente, y luego te ofrecen, como único futuro, la resistencia. Sobrevivir se convierte en la única forma de protesta posible.
Y sin embargo, incluso en este despojo total, hay algo que no han podido confiscar del todo: la memoria de la dignidad. Está en el gesto de quien hace la cola y murmura lo que no se puede gritar. En la mirada del que ve derrumbarse su casa y sabe que es el estado, no el tiempo, el responsable. En el golpe seco de una cuchara contra una olla vacía en medio de un apagón. Son ecos de unos derechos que, aunque negados, siguen siendo reclamados por el instinto humano más básico.
Por eso hablar de derechos humanos en Cuba no es un ejercicio académico. Es un acto de restitución. Es nombrar lo robado. Cada vez que se menciona a un preso político, se le devuelve un ápice de humanidad. Cada vez que se denuncia la falta de medicamentos, se reclama un derecho elemental. El régimen teme más a ese catálogo de carencias hecho palabra que a un discurso ideológico. Porque su mentira más grande no es que haya construido el socialismo, sino que ha logrado convencer a muchos de que este desastre, este catálogo infinito de «noes», es la única forma de ser cubano. La verdad es otra: ser cubano, hoy, es recordar, contra todo y contra todos, lo que significa ser persona. Y eso, aunque lo tengan todo en su contra, es un derecho que aún no han podido abolir.