Por: Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Hay lugares donde se legisla, y hay lugares donde se levanta la mano. En el caso que nos ocupa, la diferencia no es sutil, es estructural. Allí no se debate: se confirma. No se discrepa: se sincroniza. No se piensa: se aplaude.
El visitante ingenuo podría creer que ha entrado a un parlamento. Ve mesas, micrófonos, papeles, rostros concentrados. Pero basta esperar unos minutos para descubrir el mecanismo: alguien propone lo ya propuesto, otro respalda lo ya respaldado, y todos aprueban lo ya aprobado. Es una coreografía impecable, una especie de ballet institucional donde cada gesto está ensayado con la precisión de lo inútil.
En otras latitudes, un congreso es una arena. Se discute, se confronta, se exponen ideas que chocan y producen chispas. Aquí no hay chispas porque no hay fricción. Todo es terso, liso, perfectamente estéril. La unanimidad no es virtud: es síntoma. Y el síntoma, en este caso, revela una enfermedad antigua: el miedo a pensar en voz alta.
Se habla mucho de consenso. Palabra noble, sin duda. Pero el consenso auténtico nace del conflicto, del contraste, del ejercicio libre de la razón. Lo otro, lo que allí ocurre, es una unanimidad prefabricada, una especie de acuerdo sin discusión, como si la realidad fuera tan simple que no admitiera matices. Y cuando una nación entera es reducida a un solo criterio, no estamos ante la síntesis de ideas, sino ante la ausencia de ellas.
La votación… la obdiencia
El espectáculo alcanza su clímax en el momento de la votación. Es un instante solemne, casi litúrgico. Las manos suben como movidas por un resorte invisible. No hay dudas, no hay abstenciones, no hay preguntas incómodas. La perfección numérica sustituye a la verdad. Y así, entre aplausos disciplinados, se consuma el acto: todo queda aprobado, incluso lo que nunca fue realmente examinado.
Al final, uno no sabe si reír o preocuparse. Porque la escena tiene algo de comedia —esa repetición mecánica, ese entusiasmo automático— pero también algo de tragedia: la renuncia colectiva al pensamiento crítico. Y un país donde pensar se vuelve innecesario es un país donde decidir deja de tener sentido.
Así funciona este curioso órgano legislativo: no como un espacio para construir el futuro, sino como una vitrina donde se exhibe la obediencia. Una máscara cuidadosamente pulida, detrás de la cual no hay deliberación, sino silencio organizado.
Y sin embargo, la ironía mayor es esta: cuanto más perfecta parece la unanimidad, más evidente se vuelve la farsa. Porque la realidad, terca como siempre, no vota a mano alzada.
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