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Por Yeison Derulo
Las Tunas.- Después de que el chikungunya hiciera estragos en Cuba —matara a unos cuantos, enfermara a millones y dejara secuelas que hoy nadie quiere contar con cifras claras— ahora en Las Tunas se habla de enfrentarlo desde la investigación. Llega tarde, muy tarde. Cuando el virus arrasó barrios enteros, el sistema de salud apenas pudo ofrecer calmantes y resignación. Hoy, con una provincia llena de personas que no han vuelto a ser las mismas, la ciencia aparece como parche y no como prevención, intentando remendar lo que la desidia institucional dejó pudrir.
El Capítulo de Medicina Familiar reconoce, sin decirlo abiertamente, que el problema es enorme. Las secuelas del chikungunya no son un detalle médico ni una molestia pasajera: son dolores crónicos, limitaciones físicas que afectan la vida diaria de miles de tuneros. La doctora Lilian María Aparicio Meneses habla de líneas de investigación, protocolos y patrones, pero la pregunta incómoda sigue en el aire: ¿por qué todo esto no se investigó con la misma urgencia cuando el virus estaba desatado y no cuando ya el daño está hecho?
Resulta especialmente grave que la mayor letalidad se haya concentrado en edades pediátricas y adultos mayores, los dos grupos que el discurso oficial siempre dice proteger. Ahora se anuncian estudios clínico-epidemiológicos, investigaciones en rehabilitación y asesorías médicas, como si la ciencia pudiera borrar años de improvisación, falta de recursos y ausencia de campañas preventivas reales. El chikungunya no sorprendió a Cuba: entró, se expandió y se quedó, mientras el sistema miraba hacia otro lado y minimizaba su impacto.
Que hoy se hable de devolver la vitalidad “por completo” a los pacientes suena más a deseo que a certeza. La investigación es necesaria, sí, pero no puede servir para maquillar responsabilidades. Las Tunas está llena de personas con secuelas invalidantes que no necesitan promesas para 2026, sino respuestas concretas hoy. Enfrentar el chikungunya desde la ciencia es lo correcto; haberlo dejado avanzar sin control fue el verdadero pecado. Y ese, por mucho que se investigue, no tiene rehabilitación posible.