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Por Datos Históricos
La Habana.- En 1942 y 1943, en Dachau, ocurrió algo que no fue ciencia. Fue el uso de seres humanos como material. Un médico llamado Sigmund Rascher llevó a cabo una serie de pruebas con prisioneros para responder una inquietud militar: cuánto frío podía soportar el cuerpo humano y si era posible recuperar a alguien después de haber estado expuesto al frío extremo.
La pregunta no era científica. Era estratégica. Y la forma de responderla eliminó toda ética. Personas fueron sumergidas en agua helada durante horas. Otras fueron obligadas a permanecer desnudas al aire libre en pleno invierno. No eran tratadas como pacientes ni como voluntarios, sino como objetos de observación.
Muchos no sobrevivieron. A quienes aún respiraban, se los sometía a intentos de calentamiento forzados, bruscos, descontrolados. Procedimientos que no buscaban cuidar, sino comprobar. No había método. No había consentimiento. No había humanidad.
Por eso los resultados no sirvieron para nada útil. No aportaron conocimiento médico real. Solo dejaron registro de un límite cruzado.
Cuando la guerra terminó, esos hechos salieron a la luz. Y el mundo entendió que no bastaba con castigar a los culpables. Había que cambiar las reglas.
De ahí surgieron normas que hoy parecen obvias: ningún experimento puede hacerse sin consentimiento informado, sin supervisión ética, sin el derecho absoluto de la persona a decir no.
No nacieron de la teoría. Nacieron del horror. Dachau no enseñó cómo funciona el cuerpo bajo el frío. Enseñó algo más importante.
Que cuando la ciencia se separa de la dignidad, deja de ser ciencia. Y que ninguna meta, ningún avance y ningún interés justifica convertir a una persona en herramienta.