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Por Jorge L León (.Historiador e investigador)

Houston.- La historia de Cuba en la segunda mitad del siglo XX no puede comprenderse sin desmontar el mito más dañino que se ha construido en América Latina: la figura de Fidel Castro como estadista, estratega y líder visionario.

Nada más lejos de la verdad. Fidel Castro no fue un genio político. Fue un improvisador compulsivo, un megalómano convencido de su propia infalibilidad y un gobernante que convirtió a un país próspero en un laboratorio de ocurrencias delirantes.

Y cabe preguntarse con absoluta seriedad: ¿puede un hombre así llamarse estadista? ¿De qué grandeza hablan ustedes, los comunistas? Fidel Castro fue un fracaso histórico que hundió a una nación próspera, moderna y respetada en el continente. No elevó a Cuba. La arrastró al atraso, la miseria y la dependencia.

Su legado no es la soberanía, ni la justicia social, ni la dignidad nacional. Su legado es ruina, hambre, exilio, represión y miedo.

En 1962, durante la Crisis de los Misiles, Fidel Castro pidió formalmente a Nikita Jrushchov que lanzara un ataque nuclear contra Estados Unidos si Cuba era invadida. No pidió negociación. No pidió disuasión. Pidió exterminio. Estaba dispuesto a sacrificar a todo su pueblo en un holocausto atómico para alimentar su ego revolucionario.

No fue valentía. Fue fanatismo suicida. Un hombre sin sentido de responsabilidad histórica, sin noción del valor de la vida humana, poseído por una visión mesiánica de sí mismo.

Proyectos locos

La desecación de la Ciénaga de Zapata fue una de las mayores agresiones ecológicas del Caribe. Sin conocimientos técnicos ni asesoramiento serio, ordenó modificar uno de los ecosistemas más ricos de la región para “ponerlo a producir”.

El resultado fue devastación ambiental, pérdida de biodiversidad, alteración irreversible del equilibrio hídrico y fracaso agrícola.

El llamado Cordón de La Habana fue otro delirio. Sembrar café en suelos calizos, rocosos, improductivos, sin agua suficiente y sin estudios agronómicos.

Una orden personal de Fidel Castro. Se movilizaron miles de estudiantes, soldados y trabajadores. Se paralizó la economía. Y se despilfarraron recursos. El proyecto fracasó estrepitosamente. El café no crece sobre consignas ni sobre piedra.

En la ganadería, soñó con crear una supervaca socialista. Inventó programas genéticos absurdos, importó razas incompatibles con el clima cubano y cruzó animales sin criterio científico. El resultado fue mortandad masiva, improductividad, colapso del sector ganadero y desaparición de la leche en la mesa del cubano. Mientras tanto, hablaba de vacas campeonas en televisión como si gobernara una granja experimental.

Cuba fue durante siglos una potencia azucarera mundial. Fidel decidió desmontar esa estructura productiva en nombre de su utopía industrial. Cerró ingenios, abandonó plantaciones, improvisó reconversiones absurdas.

El colapso económico

La Zafra de los Diez Millones paralizó al país para cumplir una meta imposible. Fracasó. Y con ella se hundió definitivamente la industria azucarera. Hoy Cuba importa azúcar.

Pero Fidel no se conformó con destruir la economía. Quiso controlar la mente del ciudadano. El Estado decidió qué libros podían leerse, qué música podía escucharse, qué películas podían verse, qué autores eran confiables y cuáles debían desaparecer. Las bibliotecas fueron depuradas. Las editoriales intervenidas. Las universidades vigiladas. Los profesores sospechosos expulsados.

Los intelectuales no alineados silenciados o forzados al exilio. El pensamiento libre fue sustituido por manuales ideológicos. La cultura por propaganda. La educación por adoctrinamiento. El ciudadano debía repetir, no pensar.

Cuba fue convertida en un país de partido único. No existe pluralismo político. No existen partidos de oposición. Tampco existe alternancia. No existe competencia electoral. Las elecciones son una escenografía sin opciones reales. El pueblo no elige. Ratifica. El Partido Comunista no representa a la nación. La secuestra.

Persecución, censura, control

La presión social se convirtió en sistema de gobierno. Los Comités de Defensa, las organizaciones de masas, la vigilancia vecinal, el expediente laboral y la confiabilidad política crearon una sociedad basada en el miedo. El vecino vigila al vecino. El maestro al alumno. Y el director al trabajador. El Estado a todos. La vida privada dejó de existir. La opinión se volvió peligrosa. El silencio se convirtió en mecanismo de supervivencia.

Fidel Castro gobernó como un hacendado absoluto. No existía Estado. No existían instituciones. Todo dependía de su humor, su intuición y su ocurrencia del día. Un país dirigido por un hombre sin formación económica, sin respeto por la técnica, sin comprensión de la complejidad social. Un líder que creyó que la voluntad sustituye al conocimiento y la propaganda reemplaza a la realidad.

Cada error se pagó con hambre. Cada capricho con atraso. Y cada discurso con miseria.

Sesenta años después, Cuba es un país arruinado, dependiente, envejecido, sin futuro para sus jóvenes, con una economía de subsistencia y una sociedad desmoralizada.

Fidel Castro no construyó una nación. La desmontó. No creó riqueza. La destruyó. No liberó al pueblo. Lo encadenó a su ego. No fue un libertador. Fue un caudillo tropical con delirios imperiales.
Un hombre poseído por la altanería. Un gobernante convencido de que la realidad debía obedecerle. Un maníaco del poder que convirtió a Cuba en su experimento personal. Y como todo mal experimento, terminó en desastre.

Ese, y no otro fue el legado de Fidel Castro, ¡nada que agradecerle!

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