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Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- Mi tío se fue de Cuba en 1980 por el Mariel. Y se fue porque vio cómo golpearon y le lanzaron huevos a su amigo Findy en uno de los actos de repudio más grande que se hizo en Loma de Belén, el reparto donde vivíamos en Santa Clara.

Dos días después de lo de Findy, mi tío comenzó a levantar una loma de ladrillos frente a su casa en la Avenida 7 de diciembre. Cuando tenía más de cincuenta ladrillos, unos sobre otros en forma de muralla, le dijo a mi abuela «me voy con los gusanos, pero primero voy a cuadrar lo del acto de repudio».

Fue directo a ver al presidente del CDR (Güito) y le dijo que se iba al otro día para La Habana porque tenía pensado salir para Estados Unidos en el primer bote que saliera del Mariel. Le dijo, además, que esperaría a que le organizaran un acto de repudio parecido al que le hicieron a Findy y le pidió que avisara con tiempo a los guardias porque tenía pensado romperle la cabeza a ladrillazos al que se pusiera gritar frente a la puerta de su casa.

El presidente le dijo que no, que no iban a hacerle ningún acto de repudio, que él era como un hijo para su familia, -cosa cierta- y que se fuera tranquilo. Al final, terminó poniéndole la mano sobre el hombro y deseándole toda la suerte del mundo.

Mi tío se llama Rodolfo Acevedo Lara, pero sus amigos le decían Ringo. En el pequeño círculo familiar lo llamábamos Chingo, o Chinguito. Él nunca quiso irse de Cuba. Lo hizo por solidaridad con un amigo y porque le parecía una cobardía que un grupo de hombres, con el pretexto de la patria, cometieran impunemente esos abusos. Él me enseñó a montar bicicleta y me dejó toda su ropa. Ropa que hacía él mismo en una máquina de coser.

Era un tipo alto, con el mismo somatotipo de un indio norteamericano y con el pelo negrísimo a mitad de espalda. Le gustaba Nelson Ned, Nino Bravo y José Feliciano que, en aquella época, estaba prohibido en las emisoras.

Lo vi por última vez en 1980, unos días antes de que se fuera por el Mariel. Y ese día (yo tenía 13 años) se me aflojaron las rodillas y lloré. Entonces me puso la mano en la cabeza y me dijo: «¡No llores, cojones! ¡Tú eres un hombre! Yo me voy, pero no quiero enterarme de que te prestas para mierdas de esas de estar gritándole a alguien que no piense como tú, que no quiere lo mismo que tú, o que quiere irse para donde le de la gana. ¡Eso es de pendejos!».

Nunca más lo he visto. Nunca más me comuniqué con él. Cuando me preguntaban en la escuela si yo tenía familiares en USA (siempre preguntaban esas cosas) les decía que sí, que tenía un tío en Estados Unidos que me mandaba cartas. No era verdad. Era simplemente un acto de rebeldía que la mayoría de las veces me costó muy caro.

Ojalá algún día pueda decirle que he cometido casi todos los errores que puede cometer un hombre en una vida, pero ese no. Nunca he hecho pandillas para gritarle a nadie. La vida, al igual que las decisiones, es personal e intransferible. Si no puedo vivir la vida de otro, no tengo, absolutamente, ningún derecho a modificar la vida de otro.

P/D: Si por casualidad alguien, algún día, se tropieza con Ringo, denle gracias de mi parte y díganle que lo quiero siempre.

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