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Por Anette Espinosa
Santiago de Cuba.- Hablar de “recuperación” a poco más de dos meses de un huracán devastador, en una provincia donde todavía hay familias durmiendo bajo nailon, es una burla que roza el cinismo. La narrativa oficial vuelve a hacer lo de siempre: inflar cifras, acomodar palabras y vender gestión donde solo hay abandono.
Decir que fueron “totalmente recuperadas” 15 037 viviendas suena muy bonito en una nota institucional, pero basta caminar por cualquier barrio de Santiago de Cuba para entender que eso no se sostiene. ¿Recuperadas cómo? ¿Con un parche de zinc mal puesto, sin puntillas, sin vigas, sin seguridad alguna? Porque en Cuba, recuperar no significa devolver dignidad, sino salir del paso para la foto y el informe.
El baile de números es otro insulto. Primero más de 137 000 afectaciones, luego “finalmente” 106 500. Los derrumbes no se corrigieran con una calculadora. Aquí no hubo menos daño, hubo menos reconocimiento. Reducir cifras no arregla techos ni devuelve paredes caídas; solo sirve para maquillar la magnitud del desastre y justificar la ineficiencia estatal.
Cuando se habla del “objetivo para 2026”, la desconexión con la realidad alcanza niveles obscenos. ¿Cómo se le explica a una familia que lo perdió todo que su techo quizás llegue dentro de uno o dos años? ¿Cómo se normaliza vivir entre escombros mientras se planifica, se microlocaliza y se redactan documentos? El pueblo no vive de planes, vive de urgencias.
En Cuba se convierte la desgracia en cronograma y el sufrimiento en lenguaje técnico. Mientras los funcionarios hablan de contenedores convertidos en viviendas y producción local de materiales, Santiago sigue lleno de casas rotas y promesas vacías. No es recuperación lo que hay aquí; es propaganda. Y la propaganda, cuando se enfrenta al hambre, la lluvia y el abandono, se convierte en una burla cruel.