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Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- Según el vicecanciller cubano Carlos Fernández de Cossío, “crece el peligro de agresión militar y terrorista contra Venezuela, con el objetivo de derrocar con violencia al gobierno de esa nación hermana. Un golpe de EEUU contra Nuestra América y su largo camino de independencia”.
Su declaración, sin embargo, omite un detalle crucial: en Venezuela no existe un gobierno legítimo, sino un cartel de tráfico de drogas militarizado que se apropió del poder tras arrebatarle las elecciones al pueblo y convertir el Palacio de Miraflores en una especie de cuartel de capos del narcotráfico internacional. A eso Cossío no le dedicó una sola palabra.
Lo que en Caracas opera es un régimen delincuencial que secuestró las instituciones, destruyó la economía y mantiene a la población en un estado permanente de tensión, listos para ser obligados (una vez más) a “defender la revolución” con sus vidas, cuando en realidad estarían defendiendo a una élite de narcotraficantes con charreteras.
La alarma del vicecanciller cubano no proviene de una preocupación genuina por el pueblo venezolano ni por la soberanía de la región. La inquietud de La Habana tiene otro origen: el miedo a las consecuencias.
Varias aerolíneas de Europa y América cancelaron este sábado sus vuelos a Venezuela, después de que la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA) emitiera un aviso internacional advirtiendo a los pilotos que deben “extremar la precaución” al sobrevolar territorio venezolano y el sur del mar Caribe. Esta señal de alerta no es casual: cuando se cierran rutas aéreas y las advertencias se multiplican, algo grande se mueve en silencio.
Cuba, que depende del sostén político y petrolero del chavismo, percibe el temblor. Y como dice el dicho, cuando veas las bardas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo. Una eventual caída de los ocupas chavistas no sería solo un remezón regional: sería el preludio del final del castrismo, cuyo modelo se sostiene actualmente gracias a alianzas oscuras, subsidios disfrazados y complicidades ideológicas.
La Habana no defiende a Venezuela; se defiende a sí misma. Su discurso es el de siempre: victimismo antiimperialista, alarma ante supuestos golpes y advertencias grandilocuentes para encubrir la realidad. Pero esta vez, la situación es distinta. La pérdida del aliado venezolano sería un golpe letal para el castrismo, que lleva años sobreviviendo gracias al petróleo, al dinero y al respaldo diplomático del chavismo.
Por eso gritan. Por eso inventan agresiones. Y por eso intentan vestir de épica lo que no es más que la defensa de su propia supervivencia en un continente que, tarde o temprano, ajusta cuentas con quienes han elegido gobernar desde el abuso, el miedo y la corrupción.
Porque si cae Caracas, inevitablemente también temblará La Habana. Y ese es, en realidad, el verdadero terror que intenta esconder el vicecanciller cubano detrás de su grandilocuente advertencia. Porque el totalitarismo en Latinoamérica no es mas que un reflejo en el espejo de La’bana y Maduro los va a arrastrar a todos a la inevitable desaparición.