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La votación que el régimen no puede borrar: el dedo en la llaga de una joven de Santiago

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- En la asfixiante cotidianidad de Santiago de Cuba, donde la lucha por el pan de cada día consume las horas y los sueños, una joven cometió un acto de insubordinación pura, no con piedras ni consignas, sino con una simple pregunta en redes sociales. Se le ocurrió lo impensable: someter a votación popular, en el ágora virtual, la presidencia de la isla.

De un lado, el hombre que ocupa el cargo, Miguel Díaz-Canel. Del otro, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, figura archiconocida y detestada por la maquinaria propagandística del régimen. La premisa era surrealista, casi un chiste de mal gusto, pero la respuesta fue un alud de sinceridad descarnada. Rubio arrasó. La paliza virtual no fue un apoyo al político floridano, sino el estruendoso portazo de un pueblo hastiado hacia la única opción que le ofrecen: la continuidad de una farsa.

La reacción del poder no se hizo esperar, porque en la Cuba castrista ninguna disidencia, ni siquiera la simbólica y digital, queda impune. Las hordas del control, esos comisarios políticos de barrio y oficiales de la Seguridad del Estado con olor a naftalina, se movilizaron con una celeridad que nunca muestran para arreglar un acueducto.

La cacería fue al estilo clásico: intimidación, hostigamiento y la presión sucia sobre los dueños de la casa donde la joven alquilaba un cuarto, obligados a expulsarla para cortar de raíz su «conducta desestabilizadora». El mensaje, como siempre, es claro: aquí no hay espacio para el juego, ni siquiera para el hipotético. El acto de fiscalizar, de siquiera imaginar una alternativa, se castiga con el destierro de lo único que queda: el precario techo bajo el que se vive.

La votación puso en su lugar a Canel

Pero el régimen, en su torpeza represiva, cometió un error de cálculo monumental. Al perseguir la anécdota, validó el mensaje. Esa votación clandestina, efímera y sin valor estadístico, se transformó en el rayos X más nítido de los últimos años. Le sirvió a la propia cúpula para comprobar, en tiempo real y sin filtros, lo que ya sabe pero niega a gritos: que su proyecto político está podrido de ilegitimidad. Que no enamora, no convence y, sobre todo, que nadie confía en él.

El experimento demostró que en una contienda hipotética cualquiera, Díaz-Canel perdería siempre, sin importar si el rival es Rubio, un personaje de telenovela o el conserje del Ministerio del Azúcar. La abstención, el verdadero termómetro del desencanto, ya votó hace rato: con los pies, en balsas; con el silencio, en las calles; y ahora, con un clic, en la pantalla.

El hombre que Raúl Castro puso al frente del país en 2018 no ha hecho más que administrar la ruina con un discurso vacío de «victorias» y «resistencia». Su catálogo de fracasos es la biografía de la crisis: la Tarea Ordenamiento, un fiasco económico que pulverizó salarios y multiplicó la miseria; el colapso energético sin precedentes, con apagones de 20 horas que devolvieron al país a la era de las velas; la diáspora masiva de más de 500.000 cubanos en dos años, el éxodo más grande desde la Crisis de los Balseros; la inflación galopante que convirtió el salario promedio en una limosna irrisoria; y la crisis sanitaria, donde la heroicidad de los médicos chocó con la desnudez de un sistema hospitalario en estado de coma.

El pueblo en pobreza extrema

Mientras Díaz-Canel, sus tuteles gerontocráticos y sus subordinados obsecuentes hablan de «batallas ganadas» y «soberanía», el pueblo cubano, que ya vivía en condiciones pésimas, ha alcanzado niveles de empobrecimiento que parecían imposibles.

La libreta de racionamiento es un fantasma, la canasta básica un lujo inalcanzable, y el ingenio para sobrevivir – el «resolver» – ha tocado límites existenciales. El contraste no podría ser más cínico: una dirigencia obsesionada con rituales de lealtad y uniformes verdes, y una ciudadanía cuya principal preocupación es cómo llenar la olla hoy, mañana y pasado.

Aquella votación virtual, más allá de la anécdota de la joven acosada y desalojada, fue un acto de truth-telling colectivo. Fue el pueblo, a pesar del miedo, señalando al emperador y sus ropas nuevas. Le recordó a la dictadura que su mayor enemigo no es Marco Rubio, ni el «bloqueo», ni siquiera la oposición interna.

Su mayor enemigo es la evidencia cotidiana de su fracaso, el desprecio silencioso de sus gobernados y la certidumbre, ahora expuesta en un sencillo ejercicio digital, de que cualquier alternativa, por remota o absurda que parezca, será siempre preferible a la continuidad de esta agonía. La legitimidad, esa que no se decreta ni se impone a tiros, se les escurrió entre los dedos en un simple post de redes. Y por eso la persiguen con tanto pavor.

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