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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hay una pregunta que paraliza el debate sobre Cuba desde hace décadas: el cómo. Cómo debería llegar la libertad, con qué métodos, bajo qué banderas, respetando qué principios de soberanía. Es una discusión que se da en cómodos foros académicos, en cafés de Miami y en redacciones extranjeras, mientras en la isla el tiempo no discute: avanza, carcomiendo vidas.
Mi posición, fruto de observar ese desgaste generacional, es brutalmente simple: no me interesa el cómo. Me interesa el fin. La obsesión por una transición perfecta, pura, surgida solo de una rebelión interna, se ha convertido en el mejor cómplice involuntario de la tiranía. Es un lujo moral que los cubanos que hoy se acuestan con hambre o mueren por falta de un antibiótico no pueden permitirse.
La esperanza en una insurrección popular espontánea es, a estas alturas, una ilusión peligrosa. El régimen ha perfeccionado un mecanismo perverso de válvula de escape. Cada vez que la presión social se eleva hasta niveles de ebullición, el Estado no responde con balas masivas —como en otras dictaduras— sino con pasaportes y visas.
Abre las compuertas del éxodo, especialmente para los jóvenes, y los empuja al exilio. La opción es cínica y efectiva: «Váyanse, o los encarcelamos por ‘peligrosidad’ o ‘desorden público'». Así, desarma la bomba demográfica, exporta el descontento y mantiene un país domesticado por la ausencia de sus fuerzas más vitales y contestatarias. Esperar que este pueblo, deliberadamente diezmado y traumatizado, dé el gran estallido por sí solo, es pedir un milagro contra las leyes de la física social.
Por eso, he perdido todo escrúpulo sobre el origen del golpe que derribe al castrismo. Que venga de fuera. Que venga de donde tenga que venir. La noción de que la liberación debe ser autóctona para ser legítima es un fetiche romántico que no sobrevive al contacto con la realidad de un hospital sin medicinas, de un niño desnutrido, de una anciana comiendo pan con agua.
El fin —el fin de la maquinaria de miseria y opresión— justifica absolutamente los medios en este caso. La moralidad no reside en el método, sino en el objetivo: salvar lo que queda de una nación. Sostener lo contrario es priorizar una abstracción geopolítica sobre la carne y los huesos de millones.
El daño, de hecho, ya es profundo, pero aún hay algo que salvar. La pregunta no es si el régimen caerá; su modelo es biológica e históricamente insostenible. La pregunta aterradora es cuándo. Y el temor es que ese «cuándo» llegue cuando el colapso sea total, irreversible, cuando la nación ya no sea un país sino un escombro humanitario ingobernable.
La ventana para una transición que rescate algo más que ruinas se está cerrando. La acción, por tanto, no puede estar supeditada a la pureza de su origen, sino a la urgencia de su necesidad.
Incluso la máxima herejía para el nacionalismo debe ser considerada: la anexión a Estados Unidos. Para muchos, esta idea provoca un escalofrío histórico. Pero para incontables cubanos —especialmente para esos dos millones dispersos en la diáspora— resolvería el único problema que ya eclipsa a todos los demás: la reunificación libre y segura de la familia.
Después de décadas de separación forzada por un muro de ideología y control, la posibilidad de que tu hijo, tu madre o tu hermano puedan vivir a tu lado sin pedir permiso a un Estado carcelario, es un valor superior a cualquier bandera. La patria, al final, son las personas, no el pedazo de tierra donde te impiden verlas.
Este es el dilema ético desnudo que el castrismo ha creado: ha degradado la vida hasta un punto en que las soluciones ortodoxas suenan a burla, y las soluciones pragmáticas suenan a traición. Pero cuando el reloj de la supervivencia marca la medianoche, las discusiones sobre el orgullo nacional ceden ante el instinto básico de preservar a los tuyos y tener, por fin, un futuro.
No pido permiso para esta crudeza. La observo cada día en los rostros vacíos y la observé por años en las balsas improvisadas. La libertad de Cuba ya no puede ser un poema épico con reglas estrictas. Tiene que ser, sencillamente, un acto de rescate. Y en un rescate, se usa la escalera que esté más cerca, no la que tenga el color correcto.