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Por Violeta Portier ()

La Habana.- Durante cuarenta años, Armando enseñó a los niños de su barrio la geografía de Cuba, las hazañas de los mambises y la poesía de Martí. Su vida era un compás de tiza y cuadernos, de salarios minúsculos y la dignidad intacta de quien forja futuros. En su casa vivía con su hijo menor; el mayor, su primogénito, había quedado sepultado en la tierra roja de Angola, una pérdida que llegó en un telegrama frío y que nunca se explicó. Solo fue un nombre más en un mármol lejano.

Los años pasaron como pasa el polvo en La Habana. En 2022, el hijo que le quedaba, su nuera y dos nietos a los que adoraba, empacaron lo poco que tenían en una maleta de sueños rotos y se marcharon por la ruta de los volcanes. La casa, de pronto, se llenó de un silencio ensordecedor. Solo quedaron él y Clara, su esposa, unidos por el duelo compartido y una pena que había carcomido sus cuerpos. Clara murió al poco tiempo, no de una enfermedad con nombre, sino del desgaste acumulado de una vida de privaciones y de un dolor africano que nunca sanó.

Armando se quedó completamente solo. La soledad no era la ausencia de gente, sino la presencia abrumadora de los recuerdos en cada rincón de aquella casa que se desmoronaba a la par que él. Un día, el techo de la sala cedió tras un aguacero. Él miró el agujero, la lluvia cayendo sobre su sillón desvencijado, y simplemente decidió no volver. Cruzó la puerta y se fundió con la calle.

La ciudad, que él había descrito con tanto amor en sus clases, se convirtió en su aula final. Aprendió lecciones para las que ningún maestro está preparado: cómo encontrar un rincón menos frío para dormir, cómo distinguir el rumor de un camión de basura. Su barba creció, enorme y blanca como una nube de algodón sucio, y su bigote escondió una sonrisa que ya no existía y unos dientes destruidos por el hambre y el abandono.

Aprendió el arte más triste de todos: hurgar en la basura de un país donde nadie tira nada comestible. Donde una cáscara de plátano es un hallazgo. Donde el hambre es tan democrática que hasta los desechos son disputados. En sus momentos de lucidez, breves y desgarradores, Armando recordaba. Recordaba la textura de la tiza en sus dedos, el olor a papel nuevo de los libros de texto, la mirada atenta de un niño aprendiendo a escribir su nombre.

Esos momentos de claridad siempre llegaban con un dolor agudo. Ocurría cuando alguno de sus alumnos de otrora, ahora un hombre o una mujer de mediana edad, lo reconocía entre la muchedumbre harapienta. Una mirada de sorpresa, luego de pena, a veces de vergüenza ajena. «¿Maestro Armando?», murmuraban. Él bajaba la cabeza, queriendo desaparecer, y en su pecho moría un poco más, ahogado por una vergüenza que no era suya, sino del mundo entero que permitió aquello.

Luego, la niebla volvía a cubrir su mente. Deambulaba por Centro Habana, por el Malecón, un fantasma con zapatos rotos que murmuraba lecciones de gramática a las palomas. En su locura, a veces creía estar dando clase. Señalaba un cartel destrozado y decía: «Esa ‘a’ es abierta, niños». Recogía un periódico viejo y lo leía en voz alta para un corrillo de gatos famélicos.

Su historia no es única. Podría llamarse Rafael, o Ana, o cualquier nombre. Podría ser el médico que ya no tiene hospital, la ingeniera que vende dulces en una esquina. Es el retrato de un país que devora a sus mejores hijos, que canjea dignidad por supervivencia y arroja a sus ancianos al precipicio del olvido.

Armando ya no enseña geografía. Ahora su cuerpo es el mapa de la derrota. Sus pasos errantes trazan las fronteras de un reino de miseria. Su barba es la bandera blanca de una rendición que nunca firmó.

A veces, en las noches más claras, mira el mismo cielo que miraban sus alumnos cuando les hablaba de la Vía Láctea. Y quizás, en un último destello de lucidez, comprende la lección más amarga: que después de una vida de servir, de creer, de construir, el sistema al que dedicó todo lo que tenía solo tenía para él un lugar en la acera, un hueco en la basura y un olvido infinito.

Y La Habana, indiferente, sigue su ritmo cansado, pasando a su lado como si el maestro Armando, como tantos otros, fuera solo un eco desvanecido de algo que un día, hace mucho tiempo, quizás soñó con ser grande.

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