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La última foto de Geraldine

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Por Datos Históricos

La Habana.- La mujer que aparece en esa imagen se llamaba Geraldine Largay. Tenía 66 años y amaba el senderismo. No buscaba hazañas extremas ni récords personales. Caminaba porque el bosque le daba calma.

En la primavera de 2013, Geraldine inició una travesía por el sendero de los Apalaches junto a su esposo, George, y una amiga cercana. El recorrido completo supera los 3.500 kilómetros y atraviesa algunas de las zonas más salvajes de Estados Unidos. No es un paseo. Es naturaleza en estado puro.

A finales de junio, una emergencia familiar obligó a la amiga a abandonar la ruta. Geraldine tomó entonces una decisión que marcaría su destino: continuar sola, pese a que tenía un sentido de orientación limitado. Su propia amiga reconocería después que, incluso caminando juntas, Geraldine había estado a punto de perderse en más de una ocasión.

El 21 de junio llegó al refugio Poplar Ridge, en Maine. Esa tarde compartió risas con otros excursionistas. Una de ellos, Dottie Rust, quedó tan cautivada por su sonrisa que le pidió tomarle una fotografía. Geraldine aceptó. Esa imagen sería la última prueba de vida.

A la mañana siguiente, alrededor de las 6:30, fue vista por última vez. Hacia las 11 de la mañana, Geraldine ya estaba perdida.

Cuando no apareció en el punto acordado para reencontrarse con su esposo, George alertó a las autoridades. Comenzó una búsqueda masiva. Policías, voluntarios, perros rastreadores. Pero el terreno era inmenso, hostil, y la vegetación tan densa que incluso los campamentos podían quedar invisibles a pocos metros de distancia. A eso se sumaron pistas falsas que desviaron recursos y tiempo.

Pasaron dos años.

El 14 de octubre de 2015, un guardabosques encontró sus restos en una de las zonas más agrestes del sendero, un lugar tan difícil que suele usarse para entrenamiento militar. Geraldine había estado allí todo el tiempo, fuera del alcance de la vista.

Junto a ella estaba su saco de dormir y un pequeño cuaderno negro. Su diario.

La última anotación, escrita semanas antes, decía:

“Cuando encuentren mi cuerpo, llamen a mi esposo George y a mi hija Kerry. Sería un gran gesto de bondad que supieran que estoy muerta y dónde me encontraron, pase lo que pase.”

Geraldine no escribió con miedo. Escribió con lucidez. Sabía que no saldría de allí.

Hoy, en el lugar donde fue encontrada, hay una cruz sencilla entre los árboles.

Su historia no habla de imprudencia ni de aventura mal calculada. Habla de lo frágiles que somos frente a la naturaleza. De cómo una decisión aparentemente pequeña puede cerrar todas las salidas. Y de lo silencioso que puede ser el final cuando nadie sabe dónde mirar.

A veces, el bosque no hace ruido cuando se queda con alguien.

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