Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Cuba ya no está en crisis. Ese término implica un desvío, una anomalía transitoria. Lo que ocurre en la isla es la materialización de un final anunciado, el colapso terminal de una ficción de Estado. Hablamos de la ausencia total de las estructuras mínimas que sostienen una nación: electricidad, transporte, medicina, alimentos. El resultado no es la escasez, sino el vacío. Un paisaje donde el «nada» ya no es una metáfora, sino la descripción literal de cada día. Ante este abismo, la respuesta del poder no es el pánico, sino una coreografía burocrática tan predecible como obscena.
Mientras el cuerpo social se desintegra, la dictadura celebra sus rituales de autovalidación. Reuniones interminables donde el discurso, rancio y autista, se repite como un mantra vacío desde hace seis décadas. Cada una de estas asambleas no produce soluciones, sino únicamente dos derivados: un gasto irrecuperable de recursos exiguos y la promesa de una próxima reunión. Es el círculo vicioso perfecto, una máquina de generar actas que justifican su propia existencia mientras el país se desangra. La prioridad nunca ha sido el pueblo; ha sido la perpetuación del guion.
El colmo del desprecio es la puesta en escena militar. Paradas con chatarra de los años setenta, simulacros de defensa con armamento que es más reliquia arqueológica que herramienta de guerra. Son teatros patéticos que, lejos de inspirar temor, generan una vergüenza ajena que se transforma, en las redes, en memes; la única forma de defensa popular ante lo risible. Cada uno de estos espectáculos consume lo que queda del erario público. Es la ecuación más perversa: se invierte en fingir fuerza precisamente porque ya no queda ninguna, mientras se niega la inversión en lo único que podría salvar vidas: comida, energía, salud.

Este es el núcleo de la verdad desnuda, sin adornos: el régimen ha tomado una decisión consciente. Ante la disyuntiva de salvar al pueblo o salvarse a sí mismo, ha elegido lo segundo. Los recursos residuales se destinan no a paliar el hambre, sino a financiar la maquinaria de propaganda, a alimentar la lealtad de los aparatos y a mantener el teatro de la normalidad para una audiencia internacional cada vez más escéptica. En lenguaje crudo: prefieren comer mierda en sus burbujas de poder a que un solo bocado llegue a la mesa de un cubano común. Es la lógica del náufrago que, teniendo una sola botella de agua, la usa para limpiarse el polvo mientras muere de sed.
Pero la tragedia, la que duele y desconcierta en igual medida, tiene otra capa: la del pueblo. Frente a tanto, emerge una pregunta que requiere más de la psicología y la antropología que de la política: ¿Cómo se explica tanto aguante? ¿Y cómo, en algunos casos, se llega aún a la defensa del verdugo? No es solo miedo. Es el agotamiento de generaciones sometidas a un aislamiento informativo absoluto, a una pedagogía de la resignación y a la mutación del instinto de supervivencia en conformismo. Es la aceptación patológica del mal menor en un universo donde lo peor siempre está a la vuelta de la esquina.
Al final, solo queda una certeza: este punto de no retorno no es sostenible. La física social, como la física real, no perdona. El colapso material arrastrará, tarde o temprano, al andamiaje político que lo provocó. La pregunta ya no es si algo va a pasar, sino cuándo y con qué costo humano. La dictadura juega a ganar tiempo, creyendo que el tiempo es su aliado. Lo que no comprende es que en un país colapsado, el tiempo ya no corre para quienes gobiernan; corre en su contra. Cada apagón, cada farmacia vacía, cada estómago hueco, es un ladrillo menos en el muro. Y los muros, cuando se construyen sobre el hambre de un pueblo, siempre terminan cayendo.