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Por Albert Fonse ()
Ottawa.- La pregunta no es qué hace la dictadura cubana. Eso ya lo sabemos: negación absoluta a cualquier cambio político, cerrazón total y una política represiva que no solo se mantiene, sino que se intensifica.
Mientras en Venezuela y Nicaragua comenzaron procesos de liberación de presos políticos, en Cuba ocurre exactamente lo contrario. En Venezuela, el cambio no ha sido solo en los hechos, sino también en el lenguaje. El discurso del imperialismo desapareció y fue reemplazado por una retórica pragmática, incluso conciliadora, donde Estados Unidos deja de ser enemigo y pasa a ser tratado como interlocutor necesario.
La dictadura cubana eligió otra ruta: no excarcela presos políticos, dicta nuevas condenas injustas, multiplica los juicios ejemplarizantes y refuerza el castigo como mensaje. A eso se suma el espectáculo ridículo de ejercicios de preparación militar que ya no generan miedo, sino burla, memes y descrédito internacional. La cúpula sabe que no tiene capacidad real de confrontación. Aun así, insiste en el teatro porque su poder depende de fingir una fuerza que ya no existe.
Todo esto ocurre a pesar de que desde Washington no se ha hablado de invasión ni de una operación militar directa contra Cuba. Donald Trump habló de negociación, habló de acuerdos, habló de la posibilidad de un trato; no de bombardear ni de ocupar. Eso no significa que otras opciones no estén sobre la mesa, pero el mensaje inicial fue claro: hay una salida posible si el régimen decide tomarla.
También es un hecho que existen canales de comunicación activos: hay contactos, hay mensajes, hay una propuesta concreta por parte de la administración estadounidense. La respuesta de los Castro ha sido negarse. No diálogo. Apostar a la inmovilidad como si el contexto regional no hubiera cambiado.
¿Qué está dispuesto a hacer Trump para obligarlos a entrar en razón?
Una primera opción sería cortar por completo todos los vuelos y el comercio que salen de Estados Unidos hacia Cuba. Sería un golpe directo a una economía que sobrevive gracias a las remesas y al flujo del exilio; el mismo exilio que el régimen demoniza públicamente mientras depende de su dinero para no colapsar.
Una segunda opción sería presionar a México para que deje de enviar petróleo a Cuba y mantener el cerco energético sobre Venezuela. Cuba no produce energía suficiente. Sin combustible externo, el país se paraliza: transporte, industria, servicios básicos… todo. Sería un golpe letal sin disparar un solo tiro.
Una tercera posibilidad sería un bloqueo naval general, al estilo del que se aplicó durante la crisis de 1962. Nada entra, nada sale. Una medida extrema, pero históricamente efectiva cuando se quiere forzar una decisión rápida en La Habana.
La cuarta opción: una acción militar quirúrgica, selectiva, enfocada en el núcleo del poder. Ya Estados Unidos demostró que puede hacer este tipo de operaciones sin muertes de civiles. Un mensaje claro de que la impunidad no es eterna.
Lo que pase ahora marcará una era. Cuba es el único régimen de la región que sigue actuando como si nada hubiera cambiado; como si el mundo siguiera congelado en el pasado; como si las reglas fueran las mismas. No lo son.
O entran en razón, o los van a obligar a hacerlo.
Y ojalá sea pronto. Porque el pueblo cubano no necesita más discursos ni más simulacros. Necesita libertad.