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Por Albert Fonse ()

Ottawa.- Me puse a escuchar los testimonios de los mercenarios sobrevivientes y aquello parecía más una reunión de quejas y sugerencias que un relato militar. Todos dicen lo mismo, como si se hubieran puesto de acuerdo antes de hablar: estaban dormidos, dormidos profundamente, dormidos con conciencia revolucionaria, dormidos soñando con Fidel. Como si la guerra tuviera que respetar el horario del sueño o pedir permiso antes de empezar.

Según ellos, todo fue una sorpresa injusta imperialista. Nadie avisó. Nadie llamó. Y nadie mandó una citación oficial ni un mensaje de cortesía. Al parecer, esperaban que los estadounidenses tocaran la puerta, pidieran disculpas por la molestia y anunciaran que en cinco minutos comenzaba el combate, para que diera tiempo a ponerse las botas y ensayar el heroísmo.

En ninguno de los testimonios aparece una batalla. No hablan de posiciones defensivas ni de maniobras. Hablan de que todo fue rápido, de que no les dio tiempo a nada, de que fue indiscriminado. Como si la guerra tuviera que ser selectiva, regulada, quizás distribuida por la libreta de abastecimiento. A ver americanos solo dos balas por combatiente, sin exceso, sin abuso, que nosotros nos dejamos matar fácilmente.

La queja no es que los molieron. La queja es que no les avisaron. Como si el problema no fuera estar mal preparados, sino la falta de protocolo. Como si la defensa de una dictadura funcionara con horarios, descansos y derecho a la siesta.

Un golpe fuerte

Los únicos que hablan de combate feroz, resistencia heroica y dignidad histórica son los que no estuvieron allí, como el espía Tarrú y Díaz Contado.

Los que sí estuvieron no hablan de gloria. Hablan de estar acostados. La soberanía en posición horizontal. La defensa nacional en modo reposo. Un ejército que confundió vigilancia con cansancio y disciplina con costumbre.

El golpe fue muy fuerte para ellos, no solo en lo militar sino en lo simbólico. Durante años vendieron este servicio de guardaespaldas, asesores y supuestos expertos en seguridad como un producto de élite, casi infalible, exportable y temido.

Ese relato se vino abajo. Se cayó otro mito. Esto no es Granada en los años ochenta, cuando se podía salir corriendo y luego escribir la historia sin testigos. Hoy hay internet, hay testimonios, hay videos, hay voces que no se pueden borrar. Por mucho teatro que monten después, el pueblo y el mundo ya saben lo que pasó.

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