Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Oscar Durán

La Habana.- Ese pasillo que parece sacado de una cárcel abandonada no es una exageración ni una metáfora literaria: es el hospital pediátrico del Cerro. Un lugar donde deberían sobrar colores, limpieza y esperanza, pero lo que hay es humedad, abandono y una sensación de derrota que se pega a la piel. Las paredes desconchadas, los pisos sucios y esos recipientes improvisados en el suelo hablan más claro que cualquier discurso oficial sobre la “potencia médica”. Aquí no hay épica, hay ruina.

Lo más grave no es la falta de pintura ni el deterioro visible, sino lo que eso representa. Un hospital infantil en ese estado es la confirmación de que el sistema colapsó hace rato. No se trata solo de la ausencia de medicamentos, que ya es costumbre; se trata de la ausencia de todo: recursos, mantenimiento, planificación y, sobre todo, voluntad política. Mientras los dirigentes se pasean por cumbres internacionales y hablan de resistencia creativa, los niños se atienden en instalaciones que dan vergüenza ajena.

El personal médico hace lo imposible con lo inexistente. Médicos y enfermeras sobreviven a base de sacrificio y vocación, cargando sobre los hombros una responsabilidad que el Estado abandonó. Trabajan sin insumos, sin condiciones y, muchas veces, sin salario digno. La propaganda insiste en glorificarlos, pero la realidad los castiga. No hay heroísmo que aguante tanta desidia acumulada durante décadas.

Esto es apenas una muestra, un fragmento de un desastre nacional. Cuba no se está cayendo a pedazos: Cuba está siendo dejada caer. El sistema de salud, uno de los últimos bastiones del relato revolucionario, hoy es un cascarón vacío. No hay colapso repentino; hay un derrumbe lento, planificado por la incompetencia y sostenido por la mentira. Cada hospital así es una prueba más de que el modelo fracasó sin remedio.

Y lo peor es el silencio. El silencio de los que mandan y el cansancio de los que padecen. Cuba se nos apaga entre pasillos sucios, camas rotas y niños enfermos atendidos en condiciones infrahumanas. Nadie hace nada por salvarla porque los que tienen el poder hace rato dejaron de mirar hacia abajo. Mientras tanto, el país sigue agonizando, sin luz, sin futuro y, como se ve en esa imagen, sin dignidad.

Deja un comentario