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La Roma silenciosa de Anna Magnani: la actriz que protegía a los gatos callejeros

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Caminaba por las calles de Roma con el rostro cubierto por un pañuelo, cargando una cesta llena de comida para gatos callejeros. Pasaba desapercibida, como quería. Hasta que un hombre, molesto, la insultó al cruzarse con ella.

Entonces se detuvo. Se quitó el pañuelo. Le sostuvo la mirada.

El desconocido quedó paralizado. La mujer a la que había ofendido era Anna Magnani.

El episodio fue contado años después por Franco Zeffirelli, y resume algo esencial de ella. Magnani no necesitaba ser reconocida. Prefería usar su tiempo y su dinero para cuidar de los gatos callejeros de Roma, a los que protegía con una devoción silenciosa.

No era un gesto ocasional. Era una costumbre.

En su casa, casi todas las fotografías la muestran con un gato en brazos o descansando sobre su regazo. Los alimentaba, los curaba, los defendía. Para ella, no eran animales anónimos, sino habitantes legítimos de la ciudad que amaba.

Anna Magnani fue una actriz descomunal, ganadora de los mayores reconocimientos, admirada en todo el mundo. Pero fuera de los escenarios y las cámaras, eligió otra forma de grandeza. Una que no necesitaba aplausos.

Cuidar. Proteger. Permanecer.

Roma la recuerda como un ícono del cine. Sus gatos, simplemente, como alguien que nunca les dio la espalda.

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