Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Jorge L. León
Houston.- Desde sus primeros pasos en el poder, Fidel Castro dejó claro que la Revolución no sería un proyecto republicano, institucional ni colectivo, sino la construcción deliberada de un poder personal absoluto, sostenido en la manipulación emocional, el chantaje político y la destrucción consciente de toda legalidad. La llamada “renuncia” del 17 de julio de 1959 constituye el primer gran acto de deshonra moral del nuevo régimen y, al mismo tiempo, el momento fundacional del totalitarismo cubano.
Tras el 1.º de enero de 1959, Cuba conservaba aún una apariencia de orden constitucional. Manuel Urrutia Lleó, magistrado respetado, ocupaba la presidencia como símbolo de legalidad republicana. Sin embargo, el poder real no residía en las instituciones, sino en un hombre armado de carisma, fusiles y micrófonos. Fidel Castro, desde el cargo de Primer Ministro, controlaba el Ejército Rebelde, las milicias, la calle y la palabra pública. La República existía solo como decorado.
Muy pronto surgió la contradicción inevitable: Urrutia representaba la ley; Fidel, la voluntad sin límites. El presidente expresó reservas ante los fusilamientos sumarios, la infiltración comunista y la ausencia de un horizonte electoral. No eran posturas contrarrevolucionarias, sino mínimas exigencias morales y jurídicas. Precisamente por ello resultaban intolerables. Fidel no necesitaba un presidente: necesitaba un figurante obediente.
La respuesta fue una maniobra de una astucia moralmente abyecta. El 17 de julio de 1959, Fidel Castro anunció su renuncia como Primer Ministro, alegando cansancio y falta de apoyo. El gesto, presentado como sacrificio personal, pero en realidad constituyó un chantaje político cuidadosamente diseñado. Fidel sabía que era insustituible en ese momento, que nadie controlaba las armas ni la calle como él, y que el país estaba emocionalmente secuestrado por su figura.
De inmediato se activó el mecanismo que se volvería habitual en el castrismo: movilizaciones “espontáneas”, consignas fabricadas, presión callejera organizada desde arriba. La radio y la televisión se utilizaron para construir un culpable —el presidente— y un salvador —el líder ausente—. Al pueblo, lo convirtieron en instrumento, no en sujeto; en masa empujada, no en conciencia deliberante.
El desenlace fue rápido y revelador. Urrutia fue obligado a renunciar y abandonar el país. Fidel regresó triunfalmente, no por mandato constitucional, sino por clamor manipulado. En su lugar se colocó a Osvaldo Dorticós, una figura dócil, sin poder real. La lección quedó establecida: ninguna institución estaba por encima del líder, ninguna ley por encima de su voluntad.
Voces tempranas advirtieron la traición. Huber Matos comprendió que la Revolución había sido convertida en propiedad personal. Humberto Sorí Marín denunció que nunca existió intención democrática. Ambos fueron castigados con prisión y muerte, respectivamente. La honestidad fue eliminada; la obediencia, premiada.
La renuncia-farsa de 1959 selló el destino de Cuba. Desde ese instante, la Revolución dejó de pertenecer al pueblo y se transformó en un proyecto de dominación sostenido en la mentira. Se normalizó la manipulación como método de gobierno, se consagró el culto al hombre providencial y se enterró la posibilidad de alternancia, pluralismo y decencia pública.
No fue un error juvenil ni una desviación circunstancial. Fue una decisión consciente, sucia, calculada. Fidel Castro eligió el poder absoluto por encima de la nación, la astucia por encima de la moral, la traición por encima del mandato popular. La Revolución, nacida a espaldas del pueblo, quedó manchada desde su primer acto mayor de gobierno.
En julio de 1959 no cayó solo un presidente.
Cayó la República.
Y con ella, la dignidad política de Cuba.