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Por Jorge Menéndez ()

Cabrils.- “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, dice un refrán que todos conocemos. Y es increíble cómo, aferrados a esa ceguera voluntaria, se levantan realidades que no existen, mundos inventados para no enfrentar lo evidente. Se cierran los ojos por conveniencia, por intereses, por demagogia… y mientras tanto, la vida humana queda relegada a un segundo plano.

Porque al final todo es cuestión de prioridades, y jamás la política debería estar por encima de la vida de un pueblo entero.

Esa ceguera ha permitido que el gobierno cubano evada responsabilidades una y otra vez, que se disfrace de víctima en cada crisis y que señale a otros como culpables de sus propios errores. Palabras como Revolución o Bloqueo se repiten como mantras, como si fueran un escudo sagrado capaz de justificar cada fracaso. Y lo más doloroso es ver cuántos caen en esa trampa.

Se necesita un enemigo para culpar, alguien a quien cargarle todo el peso de lo que no funciona. Y así se alimenta la confrontación, el odio, la división. Esa fue la base de la Revolución de Fidel Castro: crear enemigos, encender a las masas, mantener el fuego vivo. En eso, hay que reconocerlo, fue un hombre hábil.

Una revolución sin argumentos

Pero los tiempos cambian. Y la Revolución se quedó sin argumentos, sin líderes capaces, sin brillo. Todo huele a desgaste, a mediocridad, a un país que se apaga.

Se aprueban leyes que frenan la producción y luego se exige a los campesinos que produzcan. Se habla de diálogo con el pueblo, pero se reprime y se encarcela. Se niegan pandemias mientras la gente muere. Se habla de bienestar mientras los niños van a la escuela sin desayunar.

Ayer vi una foto de una amiga en Galiano: montañas de basura de dos metros en plena calle. Y aun así, el bloqueo es el culpable.

Es fácil no ver lo que duele. Es fácil esconderse detrás de discursos y consignas para no asumir la realidad. Esa ha sido la política de quienes han convertido al país en un despojo que ya ni los turistas desean visitar.

Hoy, Cuba es vista en el mundo como un fracaso profundo. Países que se alejan, gobiernos que advierten a sus ciudadanos que no viajen. Ese es el resultado de un gobierno ciego, despreocupado, inepto y corrupto.

La prioridad tiene que ser Cuba y su gente

Nos costará años limpiar esta imagen. Años reconstruir lo que se ha roto. Porque eso fue lo que se mostró al mundo, y con esa cruz habrá que cargar. Los vividores deben irse, y el cambio debe nacer del pueblo, no de consignas vacías que ya conocemos demasiado bien.

Habrá que pensar distinto: Controles solo los necesarios. Una constitución que responda al país real.
Inversión que empiece por las necesidades básicas de la gente.

La prioridad debe ser Cuba y su gente. Solo así se recupera el sentido de país, ese país que hoy está doblado y que entre todos debemos enderezar.

La demagogia y el victimismo deben quedar atrás. La realidad tiene que abrirse paso con trabajo, responsabilidad y una mirada firme hacia el futuro que nos toca construir.

Basta ya de discriminación, de consignas, de excusas. Se tienen que ir. Ellos mismos construyeron su puerta de salida.

Nos toca creer en lo que vemos, en lo que sentimos, en lo que vivimos. Nos toca quitarnos las gafas de ciego que nos han impuesto y mirar, por fin, al futuro que espera por nosotros.

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