Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Una noche de 1873, a la luz temblorosa de las velas, un médico italiano trabajaba en la cocina de un viejo hospital para enfermos incurables. No era un laboratorio. Era lo único que tenía.
Camillo Golgi investigaba tejido cerebral de búho cuando, con un movimiento torpe e involuntario, volcó un vaso lleno de una solución de plata sobre las muestras.
“Mierda”.
No solía decir malas palabras. Pero en ese momento creyó haber arruinado semanas de trabajo. Aun así, no tiró las muestras. Las dejó reposar.
Semanas después, las colocó bajo el microscopio. Y entonces ocurrió algo inesperado.
La plata no había estropeado el tejido. Lo había revelado. Solo unas pocas células habían absorbido la solución, pero lo hicieron de una forma extraordinaria. Aparecían como siluetas negras sobre un fondo amarillento, mostrando fibras, ramificaciones y terminaciones con un detalle nunca antes visto.
Golgi había tropezado con un hallazgo histórico.
Perfeccionó la técnica y la llamó “la reacción negra”. Por primera vez, el sistema nervioso podía verse con claridad. Las células gliales parecían medusas oscuras flotando en ámbar. Las neuronas revelaban una arquitectura asombrosa: un cuerpo central, dendritas ramificadas como árboles y un axón largo que se extendía distancias equivalentes a kilómetros en escala microscópica.
Golgi creía haber entendido el cerebro. Pensaba que las neuronas estaban fusionadas en una red continua, sin espacios, funcionando como un solo tejido compacto. Pero estaba equivocado.

Años más tarde, un científico español, Santiago Ramón y Cajal, tomó la técnica de Golgi y la llevó más lejos. Sumergió las muestras dos veces en la solución, logrando un contraste mayor. Así pudo ver algo crucial: las neuronas no estaban unidas. Eran entidades separadas.
Para demostrarlo, realizó un experimento simple y devastador para la teoría de Golgi. Privó de alimento a ciertas neuronas. Murieron. Y la degeneración no se propagó a las vecinas. Si hubieran estado fusionadas, todo el tejido habría colapsado.
En 1889, Cajal formuló la “doctrina de la neurona”. Las células nerviosas no forman una masa continua. La información entra por las dendritas, se procesa en el soma y se transmite por el axón hacia la siguiente neurona, a través de pequeñas discontinuidades.
Golgi fue el primero en ver la forma real de las neuronas. Cajal fue el primero en comprender cómo funcionaban.
En 1906, la historia selló su ironía: ambos compartieron el Premio Nobel de Medicina.
Durante la ceremonia, no hubo reconciliación. En sus discursos, se atacaron mutuamente, defendiendo cada uno su visión y desacreditando la del otro.
La ciencia avanzó gracias a un accidente, una disputa y dos mentes incapaces de ponerse de acuerdo.
No fue el Nobel de la Paz. Pero fue uno de los momentos que más cambió nuestra comprensión del cerebro humano.