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Por Luis Alberto Ramírez
Miami.- El canciller cubano, Bruno Rodríguez, aseguró en redes sociales que el «objetivo marcado» de Washington es «destruir a la Revolución cubana» y «derrocar al legítimo Gobierno bolivariano y chavista». Esto no quiere decir otra cosa que: uno depende del otro, que, si se cae uno, el otro también, en pocas palabras: ¡son la misma cosa!. Durante años, el petróleo venezolano fue uno de los pilares silenciosos que sostuvo la frágil economía cubana. No fue solo un acuerdo político entre aliados ideológicos, sino un salvavidas energético sin el cual el país difícilmente habría podido mantener en funcionamiento su sistema eléctrico, su transporte y buena parte de su industria. Hoy, ese salvavidas se ha encogido dramáticamente.
Según el servicio especializado de la agencia económica Reuters, Venezuela llegó a aportar a Cuba alrededor de 100 000 barriles diarios de crudo y derivados. Sin embargo, en el año en curso los envíos promedian apenas 27 000 barriles diarios. La caída no es un simple ajuste técnico: es un desplome que deja un hueco energético de dimensiones críticas.
La diferencia, que puede alcanzar hasta 50 000 barriles diarios, no es una cifra abstracta. En Cuba se traduce, de forma directa y brutal, en apagones de hasta 20 horas diarias, industrias prácticamente paralizadas, transporte colapsado y colas interminables en las gasolineras. El país funciona a medias, cuando funciona.
Las autoridades han intentado presentar la crisis como un problema coyuntural, atribuible a mantenimientos, sabotajes o factores externos. Pero la realidad es más simple y más dura: no hay suficiente combustible para sostener el nivel mínimo de generación eléctrica que requiere el país. Ante el desplome del suministro venezolano, han surgido algunos apoyos puntuales: donaciones limitadas, cargamentos ocasionales desde otros aliados y ajustes internos que priorizan sectores estratégicos. Sin embargo, todo eso resulta claramente insuficiente para cubrir el déficit estructural.
El problema central es financiero. La Habana no dispone de divisas para salir al mercado internacional y comprar el petróleo que falta. Sin crédito, sin liquidez y con un historial de impagos que ahuyenta a proveedores, Cuba se encuentra atrapada en un círculo vicioso: sin combustible no hay producción, y sin producción no hay ingresos para comprar combustible.
El declive venezolano no es ajeno a esta historia. La propia Venezuela enfrenta una caída sostenida de su producción, sanciones internacionales, deterioro de su infraestructura petrolera y una crisis económica profunda. El resultado es que dos economías en crisis ya no pueden sostenerse mutuamente.
Lo que durante años fue presentado como “cooperación solidaria” hoy revela su lado más frágil: una dependencia extrema que, al romperse, deja al descubierto la vulnerabilidad total del sistema energético cubano.
El petróleo venezolano ya no alcanza. Y Cuba, sin dinero para comprar lo que falta, paga la diferencia con apagones, pobreza y desgaste social. En este escenario, la pregunta ya no es cuándo volverá el suministro, sino cuánto más puede resistir un país funcionando permanentemente en emergencia, así que deben rezar para que lo de Trump en el Caribe sea un alarde, porque entonces Bruno Rodríguez tiene razón, si se cae uno, se cae el otro.