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Por Ricardo Acostarana ()
La Habana.- Hace un par de días me vino la idea de buscar profecías, visiones que hablaran sobre un futuro inmediato para Cuba.
Ni Baba Vanga, Antonio María Claret, Edgar Cayce, Nostradamus, Madamme de Tebas, y tampoco Los Simpson.
Pero se me cruzó la matancera María Carolina de Vera y Sáenz, Sor María de Vera, a la que se le apareció varias veces la Virgen de la Medalla Milagrosa, una de las advocaciones de la Virgen María.
Ojo, a esta María la bautizó el mismísimo Antonio María Claret, en aquel tiempo Obispo de Santiago de Cuba.
La doña vivió de 1829 a 1927, casi cien estacas. Y es tan real como la novela “Y después de este destierro”, publicada en 2023 por el escritor cubano Roberto Méndez Martínez sobre la vida y obra de esta venerable cubana, por la que varios obispos y sacerdotes de la iglesia criolla hicieron gestiones para presentar ante el Vaticano su causa.
María era una mujer muy enfermiza. Para colmo, paralítica de la cintura hacia abajo.
Un día, en el comienzo del siglo XX, le pidió auxilio a la Virgen de la Medalla Milagrosa y la Santa Madre la escuchó.
María se curó. Cintura nueva mediante, y tira tu pasillo.
La Santa Virgen de la Medalla volvió a aparecer ante sus ojos. Se le plantó vestida de blanco y con rayos de luz que salían de sus manos; la convirtió en sanadora y guía espiritual, eso que ahora llaman un mánager de emociones, pero nivel Dios.
También le dejó un mensaje de voz que María de Vera no tuvo necesidad de poner a 1.5x: “Difunde al mundo los designios que tenemos mi Hijo y yo para Cuba”. “Consuela a los esclavos, sana a los enfermos y ten esperanza en la liberación”.
María de Vera utilizaba hierbajos medicinales, a la vez que susurraba mantras y oraciones. La guinda del pastel era acercar su medalla de la Virgen Milagrosa al enfermo, al pobre, al rico, ¡y listo!
Para ella no fue un sacrificio hacer votos de castidad y pobreza.
Escribía en un cuaderno cada una de sus visiones y se aventuró tanto, pero tanto, que las calcó al dedillo, o viceversa: Habrá tres Machadatos que azotarán a Cuba. Cada sucesor será peor que el anterior, y a su vez, el tercero y último, un hombre muy grande con un alma muy negra. Verde con punta…
A partir de aquí la cosa se pone interesante con las predicciones y/o visiones de María de Vera: El pueblo de Cuba confundirá la cicuta venenosa con el vino de la Ley. Donde se da culto al verdadero Dios, se erigirá un Martí endiosado.
Y ahora, recoge y vete: La Isla será arrasada y se recogerá mucha desolación.
Nada que decir al respecto. Nada que añadir. Las palabras de María de Vera y Sáenz fueron más rotundas y contundentes que las caderas de Shakira.
Sin embargo, en sus visiones y profecías se ve una luz al final de un túnel que, a veces, parece no constar en plano alguno: El demonio con sus secuaces estará en la Gran Plaza arengando al pueblo con un ¡No pasarán!, pero ¡sí pasarán!, como que tú mañana estarás conmigo.
Se cuenta que esta fue la última profecía que María Carolina de Vera y Sáenz dejó escrita en sus cuadernos.
Al día siguiente, falleció. Era el 29 de noviembre de 1927, 923 días después de comenzar el primer Machadato.
La otra profecía, de las casi últimas que dijo, la otra luz al final del potrero, fue: Cuba se convertirá, y la ciudad de Matanzas llegará a ser la Nueva Lourdes.
En 1858, en el poblado de Lourdes, Francia, la Virgen María se le apareció 18 veces a una mujer llamada Bernardette Soubirous. Allí le pidió que cavara hasta encontrar un manantial que, a día de hoy, es famoso por sus aguas milagrosas que curan dolencias de maneras inexplicables…
Treinta y seis mil setecientos setenta y dos días y contando… contra el poder, la fe y el plano perdido de un túnel.