Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

En 1921, la diabetes infantil no era una enfermedad. Era una cuenta regresiva. Los niños diagnosticados eran puestos en dietas extremas. Hambre controlada. Cuerpos cada vez más delgados.
La medicina no ofrecía curas, solo espera. En Toronto, un niño de 14 años estaba llegando al final. Su nombre era Leonard Thompson. Pesaba poco más de 29 kilos. Su respiración era lenta. Su cuerpo ya no respondía.
Los médicos habían hecho todo lo posible dentro de lo conocido. En otro edificio, lejos de ese cuarto silencioso, dos investigadores intentaban algo que muchos consideraban inútil.
Un extracto inestable. Impuro. Riesgoso. No era un tratamiento aprobado. No había garantías. Solo una idea: que el páncreas guardaba una sustancia capaz de salvar vidas.
Cuando Leonard recibió la primera inyección, no ocurrió el milagro esperado. Tuvo una reacción alérgica. Dolor. Fracaso. Cualquier otro intento habría sido abandonado. Pero insistieron.
Doce días después, Leonard recibió una versión más purificada del extracto. Esta vez, su cuerpo respondió. El azúcar en sangre bajó. La respiración se estabilizó. El coma se alejó.
Leonard Thompson no se levantó aplaudido. No hubo titulares. No hubo celebración. Simplemente… dejó de morirse.
Vivió trece años más. Años que, hasta ese momento, no existían para niños como él.
El mundo recuerda el descubrimiento de la insulina. Los nombres de los científicos. Los premios. Pero casi nadie recuerda al niño que fue el primero en probar algo que podía fallar. El niño que aceptó una inyección cuando ya no tenía futuro.
Y que, sin saberlo, demostró que millones de vidas podían continuar.