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Por Maxi Chaparro ()
Managua.- No basta con gobernar mediante el miedo. A veces, hay que arrestarlo. Esta es la única lógica que explica la última y grotesca ola represiva desatada por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua: la detención arbitraria de al menos 60 ciudadanos cuyo único delito fue respirar, en privado o en un comentario de redes sociales, un aire que no olía a pólvora oficial.
La noticia de la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, su aliado y espejo ideológico, no llegó a Managua como un parte geopolítico. Llegó como un estallido de pánico, un temblor en los cimientos de una dictadura familiar que vio, en ese acto quirúrgico de fuerza, el reflejo de su propio futuro posible. Y su respuesta no fue diplomática, ni militar. Fueron allanamientos, furgonetas y puños. La Policía Nacional, convertida en brazo ejecutor de una paranoia terminal, salió a cazar gestos.
El mecanismo es tan burdo como revelador. El «Monitoreo Azul y Blanco», un organismo que documenta con precisión de notario la tiranía, reporta detenciones sin orden judicial, basadas en «expresiones de opinión». Traduzco: una risa en una esquina, un «like» a una noticia, el silencio sospechoso de quien no corea las consignas.
En Chontales, Matagalpa, Managua, en el Caribe Norte y Sur, la geografía de la represión se expande como una mancha de aceite. De los 60 detenidos, 49 están en un limbo legal, secuestrados por el Estado. No son presos; son mensajes. Mensajes enviados a una población exhausta, para recordarle que hasta la más íntima celebración es un territorio ocupado por el ojo del poder.
Ortega y Murillo han perfeccionado una ortografía del terror donde el sustantivo «disidencia» se escribe con cualquier verbo: comentar, callar, sonreír. Su régimen, una amalgama senil de retórica sandinista y nepotismo mafioso, ya no se contenta con controlar el presente. Pretende regimentar el subconsciente colectivo. La caída de Maduro fue un espejo demasiado nítido. Y en ese espejo, la pareja presidencial no vio al imperialismo yanqui. Vio la vulnerabilidad última de los déspotas: la hora en que la comunidad internacional deja de negociar y alguien, en algún despacho con poder real, decide que el juego ha terminado.
La hipocresía, como siempre, bordea lo sublime. Mientras la maquinaria represiva tritura derechos elementales, el aparato propagandístico del Estado, con Rosario Murillo a la batuta de un coro de espectros, sigue hablando de paz, de soberanía, de amor cristiano. Es la coreografía de un baile macabro: se encarcela a pastores, a enfermos, a ancianos, y al día siguiente se declama sobre la armonía familiar de la nación. Nicaragua se ha convertido en un vasto teatro del absurdo donde los carceleros visten de patriotas y las víctimas son acusadas de traicionar una patria que sus verdugos han convertido en una cárcel con fronteras.
El llamado de la embajada de Estados Unidos, recordando que en Nicaragua hay «más de 60 personas injustamente detenidas», es el giro de tuerca irónico. Washington, cuyo historial de injerencias alimenta la narrativa victimista del régimen, aparece ahora, no con marines, sino con un tuit. Un recordatorio que a Ortega le debe saber a bilis: el mismo poder que derribó a su aliado en Caracas, hoy lo señala a él desde Managua, usando el lenguaje de los derechos humanos que él tanto desprecia. Es un jaque diplomático en 280 caracteres.
Al final, estas 60 detenciones no fortalecen al régimen. Lo delatan. Son el síntoma de una fuerza que solo sabe ejercerse hacia dentro, contra sus propios ciudadanos indefensos. Demuestran que el proyecto orteguista, ahogado en su propia corrupción y aislamiento, ya no tiene un plan para la nación, sino solo un protocolo para la supervivencia del clan. La represión ya no es un instrumento político; es un reflejo condicionado, un tic nervioso de un poder que se sabe ilegítimo, odiado y sentado, como Maduro, sobre un polvorín de frustración popular.
Nicaragua, bajo este yugo, no avanza. Da vueltas en círculos concéntricos de miedo y silencio. Ortega y Murillo pueden seguir arrestando fantasmas, pueden seguir encarcelando el pensamiento. Pero cada detención arbitraria, cada familia aterrorizada, es una semilla de un futuro desquite. Porque la historia, tarde o temprano, siempre llama a rendir cuentas a quienes confundieron la patria con su patrimonio y el pueblo con una grey de súbditos aterrorizados. La paz, como bien dice aquel tuit incómodo, solo es posible con libertad. Y en Nicaragua, la libertad es, de momento, otro de los desaparecidos.