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La paradoja deportiva: Curazao asciende mientras Cuba se estanca

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Por Fernando Clavero ()

La Habana.- En el mapa del fútbol mundial, 2025 podría ser el año en que se trace una de las líneas más crueles de la geografía deportiva. Mientras la selección de Curazao, con una población que apenas daría para llenar tres veces el Estadio Latinoamericano, clasifica al Mundial de la FIFA 2026, Cuba, la isla de los once millones de habitantes y las supuestas glorias olímpicas, contempla desde la orilla su propio naufragio.

El hecho no es solo que Cuba no logre clasificar a un Mundial de fútbol desde 1938 —una hazaña de la antigua generación de sus abuelos—, sino que asiste impotente a cómo microestados del Caribe, con recursos infinitamente menores, le pasan por delante con una planificación y una visión que La Habana perdió hace décadas.

La clasificación de Curazao no es solo un hecho deportivo; es un espejo roto en el que Cuba debería verse, si es que aún le quedan ganas de reflejar algo más que miseria y derrota.

La ventaja de Curazao no es un milagro, sino el fruto de una estrategia clara que Cuba, en su obcecación ideológica, se ha negado a implementar de manera consistente. El equipo curazoleño, que en las eliminatorias pasadas venció a Cuba (2-1) , se ha nutrido de jugadores formados en las academias de los Países Bajos y de legionarios que militan en ligas europeas.

Mientras, Cuba, a pesar de contar con talentos como Onel Hernández (Norwich City, Inglaterra), ha tenido una relación tortuosa con sus diásporas, incorporando tarde y con dificultad a los jugadores que escapan del aislamiento futbolístico doméstico. Esta diferencia es abismal: un país apuesta sin complejos al capital humano donde esté; el otro, desconfía de quien se fue, aunque lleve la bandera cubana tatuada en el corazón.

No solo es el fútbol

La crisis, sin embargo, no es patrimonio del fútbol. Es una enfermedad sistémica que carcome todo el deporte revolucionario. El presidente del Comité Olímpico Cubano, Roberto León Richards, ha tenido que viajar hasta Riad para firmar un “memorando de entendimiento” con Arabia Saudita, en un acto que huele más a la desesperación por captar divisas que a un plan genuino de desarrollo.

Este gesto es patético: La Habana, antaño exportadora de medallas, ahora se ofrece a “capacitar entrenadores” de un país que, irónicamente, tiene más presencia en Copas del Mundo de fútbol que la propia Cuba. Es el reconocimiento tácito de un modelo en quiebra, que ya no puede sostener sus propias leyendas.

El declive fue crudamente expuesto en los Juegos Olímpicos de París 2024, donde Cuba, lejos de los pronósticos oficiales, se hundió hasta el puesto 32 en el medallero, con apenas dos títulos. La máquina de medallas se averió. El INDER ha reconocido que su principal problema es la “falta de relevo generacional”, un eufemismo burocrático para nombrar la hemorragia de talento joven que huye de la pobreza y las instalaciones deportivas en ruinas. Lo que no dice el régimen es que cada atleta que escapa es un voto de censura contra un sistema que exige gloria pero ofrece sólo miseria.

Curazao da una lección

Frente a este panorama, el fútbol cubano es el epítome del fracaso. En las actuales eliminatorias mundialistas, Cuba fue eliminada en la segunda ronda, quedando en tercer lugar de su grupo por detrás de Honduras y Bermudas. Mientras tanto, Curaçao, en su grupo, marchaba invicto en primer lugar con 12 puntos, demostrando una solidez que Cuba no ha conocido jamás en este deporte.

La comparación duele: una isla de 150.000 habitantes compite de igual a igual con las potencias regionales, mientras la de 11 millones ve cómo hasta Bermudas le gana el paso. No es una cuestión de genes; es una cuestión de modelo.

Al final, el contraste entre Curazao y Cuba trasciende lo deportivo para convertirse en una lección de modernidad. Uno es un proyecto que mira al futuro, se abre al mundo y aprovecha sus conexiones globales. La otra es una reliquia anclada en el pasado, que ve con desdén la cooperación internacional a menos que sea para firmar un memorando que llene las arcas del Estado.

Que Curazao esté en el Mundial mientras Cuba sigue anclada en 1938 no es una casualidad; es la consecuencia lógica de dos caminos diametralmente opuestos. Y en 2025, esa pequeña isla de 150.000 almas le está dando una monumental lección de grandeza a la otrora potencia deportiva del Caribe.

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