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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Esto que está circulando, de que Marco Rubio le miente a Donald Trump sobre las conversaciones que la administración republicana sostiene con Cuba, es un clásico. Es el manual de operaciones siniestro de La Habana en su máxima expresión. No hay tal enfrentamiento entre Rubio y Trump, eso es un invento, un cebo mediático lanzado por la dictadura para que los incautos piquen y empiecen a morder la línea de que el Secretario de Estado le oculta información al presidente.
Y ojo al dato, porque ya la maquinaria de propaganda está aceitada. Han soltado la jauría en redes sociales, han filtrado el mensaje en ciertos medios digitales, y han movilizado a sus agentes de influencia, incluso a esos que se visten de «progres» o de «críticos del castrismo» para darle más verosimilitilad a la operación.
Figuras como Arturo López Levy, que bailan al son que le tocan desde la isla sin que se le note el boleto, están ahí para sembrar cizaña, para decir que Rubio es un peligro, que se está extralimitando. Es el mismo libreto de siempre: si no puedes con el enemigo, divide a la coalición que te va a ejecutar.
Lo que pasa es que subestiman al adversario. Donald Trump no es un novato al que se le pueda vender espejitos. El presidente sabe perfectamente quién es Marco Rubio y cuál ha sido su batalla de toda la vida contra el castrismo. Pretender que Trump va a dudar de Rubio por un rumor pagado desde La Habana es no entender la psicología de un hombre que ha hecho de la lealtad y de tener gente dura en su gabinete su principal fortaleza. Y Marco Rubio, créanme, no es tan estúpido como para intentar correrle la plancha al presidente por tercera vez. Él sabe que su influencia radica en ser el que dice la verdad, aunque duela, no en ser el que oculta lo que pasa.
Detrás de todo esto hay un gobierno que está cagado, literalmente cagado del miedo. Están con diarrea viendo cómo se mueve el tablero y cómo Trump y Rubio están coordinados para sentenciar su destino. Saben que el final se acerca, que las opciones se agotan y que ya ni siquiera pueden contar con la misma capacidad de daño en Estados Unidos. Por eso apelan a la desesperación, a tratar de dinamitar la relación entre los dos pesos pesados que están diseñando la nueva estrategia.
Lo que no entienden estos dinosaurios es que el pacto entre Trump y Rubio no es de ahora, es de hierro. Es la unión del poder ejecutivo con la conciencia histórica del exilio. Y por más que paguen artículos, por más que activen sus operativos en Miami o en Washington, no van a poder romperlo. Cada vez que lanzan una de estas patadas de ahogado, lo único que hacen es confirmar que el régimen ya no tiene piernas para sostenerse. La sentencia está escrita, y ni la mejor campaña de intoxicación va a cambiar eso.