Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- No es espontáneo ni inocente el espectáculo bochornoso de la turba que, entre gritos obscenos y gestos soeces, arremetió verbalmente contra el embajador Mike Hammer. Ese coro desafinado no representa al pueblo cubano ni a su cultura cívica; es, más bien, el residuo rancio de décadas de manipulación, la herencia moral de un sistema que premió la bajeza y castigó la decencia. Son los desclasados de siempre, entrenados para el insulto, vaciados de ética, huérfanos de educación y de vergüenza.

Esta “nueva chusma” —que de nueva no tiene nada— actúa como quinta columna del régimen: ejecutores de un trabajo sucio, asqueroso y repugnante, útil para simular respaldo popular donde solo hay miedo y cansancio. No piensan, repiten; no argumentan, escupen; no dialogan, amedrentan. Su función es vieja y conocida: convertir la grosería en consigna, el linchamiento verbal en patriotismo y la incultura en virtud revolucionaria.

Conviene decirlo sin rodeos: no se trata de ciudadanos críticos ni de activistas convencidos. Se trata de peones. De personas que han aceptado trocar la dignidad por una palmada, un permiso, una prebenda mínima o la ilusión de pertenecer al bando “correcto”. El régimen los fabrica y los usa porque son baratos, ruidosos y descartables. Cuando dejan de servir, se les barre como polvo.

Quien tiene razones no insulta

Agredir con palabras obscenas a un diplomático no es valentía ni soberanía; es la confesión de una profunda inseguridad. Quien confía en sus razones no necesita insultar. Quien posee legitimidad no necesita turbas. La escena revela, una vez más, la pobreza moral del poder que, incapaz de convencer, recurre a la intimidación. Y revela también el daño antropológico de un sistema que degradó el lenguaje público hasta convertirlo en cloaca.

Llamar a las cosas por su nombre no es odio; es higiene cívica. A esta chusma hay que despojarla del disfraz épico con que el régimen intenta ennoblecerla y verla como lo que es: escoria política, producto tóxico de la propaganda, negación de la convivencia y del respeto elemental. Su trabajo “revolucionario” consiste en ensuciarlo todo para que nada limpio prospere.

Frente a ellos, la respuesta no debe ser el miedo ni el silencio, sino la firmeza moral y la claridad. Cuba no es esa turba. Cuba es la gente que trabaja, que sufre, que piensa, que sueña con un país normal donde el desacuerdo no se castigue con insultos orquestados. La historia, implacable, pondrá a cada cual en su sitio. Y a esta nueva chusma —tan vieja y gastada— la recordará como lo que fue: un ruido vulgar al borde del derrumbe.

Deja un comentario