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Por Yoyo Malagón ()
Madrid.- Aquello no fue un partido de fútbol, fue una declaración de intenciones con botas. Porque si alguien había puesto el contador a cero después del meneo al City, ese fue Valverde. El Halcón, que ya había atropellado por la M-60 a los citizens, decidió que con el Elche no iba a ser menos. Se fue al centro del campo, se adueñó del balón, del marcador y hasta de la banda sonora del Bernabéu, porque cada vez que la tocaba sonaba aquello de «uy, uy, uy».
Y mientras él motorizaba el cotarro y ponía la casa en orden, hubo un momento, casi al final, en el que un niño turco llamado Arda Güler pidió la palabra y no se la dio a nadie. Soltó un latigazo desde 68 metros que deberían enmarcar y colgar en el Louvre, porque lo de ayer no fue un gol, fue una pieza de museo expuesta con cuarto y mitad de Madrid como acompañamiento.
Pero vamos por partes, que la cosa tiene miga. El Madrid salió con más bajas que una clínica en agosto: diez ausencias y la enfermería llena. Así que Arbeloa, que andaba por ahí, juntó a los cuatro supervivientes y a medio Castilla, y ala, a volar. Y en ese panorama, Valverde ya no era un futbolista, era una bandera, un ciclón con patas.
El uruguayo se hartó de correr, de tapar huecos, de llegar al área y de remolcar al equipo para que el martes, en Mánchester, las piernas no pesaran como losas. No hubo rincón del campo donde no estuviera él: para robar, para dar la salida o para plantarse en el área y soltar un derechazo a la escuadra que bien podría ser top-10 en su videoteca particular. Así, entre gol y gol, ya van cinco en tres partidos. Una barbaridad.
El Elche, mientras tanto, salió con la posesión por bandera, que es como ir por la vida con un traje de seda pero sin un duro en el bolsillo. Dominaban, sí, pero era un dominio protocolario, de esos de besamanos, sin profundidad ni peligro. Mucha tenencia y poca presencia. Y es que el equipo de Eder Sarabia, que roza el abismo con casi un sesenta por ciento de la pelota, demuestra que hay veces que abrazarse al balón no te salva del naufragio.
Se quedaron en eso, en un espejismo, hasta que la primera parte era un tostón de mucho cuidado y de repente apareció Rüdiger con una volea que entró como un obús. Y claro, el mérito, otra vez, empezaba en las botas de Valverde, que ya llevaba un rato levitando por Chamartín.
Con el 2-0 en el marcador, obra y gracia del Halcón, el partido se abrió como una sandía. Ya no había nada que rascar para los ilicitanos y el Madrid, con la cantera bullendo en la banda, se sintió como pez en el agua.
Arbeloa empezó a retirar a los pesos pesados pensando en Mánchester y dio paso a los chavales. Entonces fue la fiesta de La Fábrica: hasta diez jugadores del Castilla o exdel Castilla campaban a sus anchas. Y en esas, un autogol de Manuel Ángel, tras un despiste de Camavinga, maquilló un poco la noche para los visitantes, que ya no sabían ni dónde estaban.
Pero la guinda del pastel, lo que nadie esperaba, llegó en el tiempo de descuento. El balón muerto, Arda Güler levantando la cabeza, Dituro adelantado como un turista despistado, y el turco soltando un misil teledirigido desde casi 70 metros.
La pelota viajó por el aire con la solemnidad de un águila, bostezó al entrar y todo el estadio se quedó con la boca abierta. Una genialidad, una ocurrencia de esas que pasan una vez cada década y que convierte un partido intrascendente en una fecha señalada en el calendario.
Así que ya lo tienen: en la semana en que Valverde pasó de futbolista estupendo a bandera del Madrid, con carácter, omnipresencia y goles de esos que duelen en la retina, apareció Güler para firmar la obra de arte definitiva. Un gol que será patrimonio de la humanidad, un morterazo que declararán bien de interés cultural.
Y todo ello en el día en que Madrid fue la capital del canterano, con diez chavales que ahora tienen un poco más cerca su sueño. El Elche, mientras tanto, sigue abrazado a su posesión, viendo cómo la despensa de puntos se vacía y cómo, a veces, los buenos principios tienen finales de todo menos felices. Pero eso, con un gol como el de Güler y un huracán como Valverde, era lo de menos.