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El 2 de abril de 1931, una joven de 17 años entró a un campo de béisbol y obligó al deporte a mirarse al espejo. Se llamaba Jackie Mitchell.
Ese día, en un partido de exhibición en Chattanooga, se enfrentó a los New York Yankees. No como curiosidad. No como broma. Como lanzadora titular de los Chattanooga Lookouts, un equipo de ligas menores que conocía bien su talento.
En la caja de bateo estaba Babe Ruth. La multitud murmuraba. Ruth sonrió. Incluso se quitó la gorra, condescendiente, seguro de lo que venía.
El primer lanzamiento fue bola. El segundo, una curva violenta. Primer strike. Otro lanzamiento rompió con más filo. Segundo strike.
El tercero fue cantado. Ruth protestó. Caminó hacia el dugout. Ponchado. El estadio explotó.
Entonces llegó Lou Gehrig. Serio. Concentrado. Sin gestos. Jackie respiró. Lanzó.
Tres strikes. En siete lanzamientos, Jackie Mitchell había retirado a dos de los mejores bateadores que el béisbol había conocido.
Babe Ruth lo dijo después, sin rodeos: “Ella es auténtica”.
Uno pensaría que la historia la celebraría. No lo hizo.
Días después, Jackie firmó oficialmente con los Lookouts. Pero la respuesta del poder fue inmediata. El comisionado del béisbol, Kenesaw Mountain Landis, anuló su contrato.
Su explicación fue fría y definitiva: el béisbol era “demasiado extenuante para las mujeres”.
No fue una decisión deportiva. Fue un mensaje.
Jackie no se retiró de inmediato. Viajó con equipos de exhibición. Lanzó. Ganó. Pero el respeto nunca llegó. La hacían lanzar como parte de espectáculos, junto a actos diseñados para provocar risa, no admiración.
Eso la desgastó más que cualquier inning.
En 1937, con solo 23 años, dejó el béisbol.
Cuando en 1943 la All-American Girls Professional Baseball League le ofreció un lugar, Jackie dijo que no. El daño ya estaba hecho. No quería volver a un deporte que primero le permitió demostrar su grandeza y luego la castigó por ello.
Jackie Mitchell no fue borrada por falta de talento. Fue borrada porque demostró demasiado.
Ponchó a Babe Ruth. Ponchó a Lou Gehrig. Y dejó claro que el problema nunca fue si una mujer podía jugar béisbol. El problema fue que ya había demostrado que sí.