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Por Oscar Durán
La Habana.- Aquí no estamos hablando de una encuesta, ni de Marco Rubio, ni de Donald Trump. Aquí estamos hablando de la obscenidad del privilegio, del descaro institucionalizado y del asco que provoca ver cómo la dictadura aplica la ley según el apellido que cargues. Mientras una muchacha en Santiago de Cuba termina reprimida, amenazada y hasta con posibilidades reales de caer presa por hacer una simple encuesta en Facebook, Sandro Castro, el nieto del máximo responsable de esta desgracia nacional, hace exactamente lo mismo y no pasa absolutamente nada. Ni una citación, ni una advertencia, ni una llamada “profiláctica”. Nada.
La joven santiaguera no tiene escolta, ni apellidos blindados, ni una familia que fundó este infierno. Ella solo tiene un teléfono, una cuenta en redes sociales y la osadía —imperdonable en Cuba— de preguntar. Preguntar, en un país donde pensar ya es delito y opinar es un acto contrarrevolucionario. A esa muchacha la Seguridad del Estado no la ve como ciudadana, la ve como carne de escarmiento. Como mensaje. Como advertencia para los demás: aquí no se juega a la democracia, aquí se obedece.
Del otro lado está Sandro Castro, el bufón de la élite, el símbolo perfecto de la impunidad hereditaria. Él puede preguntar lo que le dé la gana, burlarse, provocar y jugar a la irreverencia porque su apellido funciona como salvoconducto. Sandro no es valiente, Sandro es intocable. Y esa es la diferencia que el régimen jamás va a admitir: no todos los cubanos son iguales ante la ley, algunos nacieron para ser reprimidos y otros para reírse de los reprimidos.
Esta doble vara no es nueva, pero cada vez es más insultante. El problema no es solo que repriman a una joven inocente; el problema es que lo hagan mientras permiten que un Castro haga lo mismo con total libertad. Eso se llama cinismo. Eso se llama abuso de poder. Eso se llama dictadura. Y después tienen el descaro de hablar de justicia social, de igualdad y de moral revolucionaria, cuando lo único que han construido es una casta intocable viviendo por encima del bien y del mal.
Lo más triste de todo es que la muchacha de Santiago representa al cubano real, al de abajo, al que no tiene padrinos ni apellidos históricos. Sandro representa al régimen desnudo, sin discursos, sin consignas y sin maquillaje. Uno pagando el precio por preguntar; el otro protegido por ser quien es. Esa es Cuba hoy: una isla donde una encuesta te puede llevar a la cárcel… a menos que seas un Castro. Entonces, puedes hacer todas las que quieras. Y reírte.