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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Hay mentiras que se dicen por ignorancia y otras que se repiten por conveniencia. El discurso de este personaje -El Necio-, apologista del oficialismo cubano; pertenece claramente a la segunda categoría. No estamos ante una opinión discutible ni ante una exageración retórica; estamos ante un relato propagandístico cuidadosamente construido para negar la realidad.
Según la versión de El Necio, Cuba sería hoy, de no existir el bloqueo, un modelo de desarrollo comparable a Noruega, Suecia o Suiza. Un país de bienestar integral, admirado por el mundo y presentado como una amenaza moral para las élites globales.
La falacia, sin embargo, es doble. No solo se trata de una proyección imaginaria que ignora la realidad actual, sino de una amnesia histórica deliberada. Cuba, antes de 1959, no estaba tan lejos de esos países en términos de modernidad y bienestar relativo; incluso se encontraba por delante de naciones como España y de varios estados de la Unión Americana.
En 1958, La Habana contaba con aproximadamente 147 salas de cine, una proporción de pantallas por habitante superior a la de ciudades como Nueva York o París en esa época. El verdadero borrado no es el de un futuro utópico que nunca llega, sino el de la vida cotidiana de millones de cubanos y del país real que existía y que hoy sobrevive empobrecido tras más de seis décadas de poder absoluto.
Porque mientras se habla de “necesidades básicas cubiertas”, Cuba vive una crisis humanitaria sostenida; salarios que no alcanzan ni para una semana de comida, hospitales sin insumos, apagones crónicos, transporte colapsado y una migración masiva sin precedentes en tiempos de paz. ¿De qué estado de bienestar se habla cuando más de dos millones de personas han huido del país en apenas tres años?
El Necio insiste en que no hay indigencia en las calles. ¿Qué nombre entonces le damos a los ancianos que revuelven contenedores de basura, a los jubilados que mendigan, a los profesionales que venden cigarros sueltos para sobrevivir? Negar eso no es optimismo; es crueldad discursiva.
Se exhiben como trofeos la educación gratuita, la salud pública, el ballet, la poesía, las medallas olímpicas. Nadie niega que Cuba haya tenido logros puntuales, muchos de ellos heredados de otra etapa histórica. Pero convertir esos logros en coartada eterna para justificar el fracaso estructural es deshonesto.
Un sistema no se evalúa por su vitrina cultural, sino por la vida real de su gente. Y hoy, el médico cubano gana menos que un repartidor informal; el maestro abandona el aula para emigrar; el artista sobrevive gracias a remesas o abandona el país para trabajar como conductor de Uber o de sirviente en un restaurante, los médicos trabajan en el mejor de los casos como asistentes y, aun así, rebajados de sus categorías profesionales consiguen mantener a sus familias en la isla.
La falacia central es conocida; todo lo malo es culpa del bloqueo. El argumento se derrumba cuando se observa lo esencial; el bloqueo no explica el partido único, ni la ausencia de elecciones libres, ni la censura, ni la represión, ni la criminalización de la protesta, ni el control absoluto de la economía por una élite política. Ningún embargo obliga a prohibir sindicatos independientes, ni a encarcelar opositores, ni a negar derechos civiles básicos.
Comparar a Cuba con los países nórdicos no solo es erróneo, es intelectualmente ofensivo. Noruega, Suecia y Suiza son estados de bienestar porque tienen Estado de derecho, pluralismo político, prensa libre, alternancia en el poder y ciudadanos soberanos. Cuba no carece de bienestar por culpa del embargo; carece de bienestar porque carece de libertad.
Llega incluso a sostener que el mundo teme que Cuba tenga éxito, porque pondría en crisis al capitalismo global. Esta idea no resiste el menor análisis. Si Cuba tuviera éxito económico sostenido, sería precisamente porque dejó de ser lo que es hoy; porque liberó la iniciativa privada, garantizó derechos, permitió la competencia y desmontó el monopolio del poder. Por eso el régimen no puede triunfar, su supervivencia depende del fracaso administrado.
El colmo del cinismo llega cuando se afirma que los socialistas no hacen culto a la pobreza, que aspiran a que la mayoría sea rica. Después de más de sesenta años en el poder, el resultado es exactamente el contrario; pobreza generalizada para el pueblo y privilegios para una casta política hereditaria. Si las intenciones fueran reales, los resultados no serían este desastre prolongado.
El Necio, no describe a Cuba. Describe la necesidad desesperada del régimen de justificarse, de convertir la escasez en virtud, la obediencia en dignidad y el sacrificio ajeno en épica. No es análisis; es fe ideológica. No es periodismo; es militancia. Y no es defensa del pueblo cubano; es defensa del poder que lo oprime.
La verdadera pregunta no es por qué Cuba no es Noruega.
La pregunta es por qué, después de más de seis décadas de control absoluto, aún se le pide al cubano que crea, espere y aguante.
Y la respuesta es clara, porque la mentira necesita tiempo. La verdad, no.