Enter your email address below and subscribe to our newsletter

La mecánica del sacrificio político en regímenes en crisis

Comparte esta noticia

Por Albert Fonse ()

Ottawa.- A lo largo de la historia de los regímenes comunistas se repite un patrón con una regularidad casi matemática. Cuando un sistema totalitario entra en crisis profunda no se inmola de inmediato. Antes de ceder el control, sacrifica figuras visibles para proteger el núcleo real del poder

En el caso cubano, perfectamente puede ocurrir o estar ocurriendo algo similar. Miguel Díaz Canel es la pieza destinada a absorber culpas, mientras otros negocian la supervivencia del sistema.

Díaz Canel siempre ha sido un títere. No controla las Fuerzas Armadas, no controla el Partido Comunista y no controla los órganos de seguridad. Su función ha sido clara desde el inicio: poner el rostro, dar la cara, cargar con los fracasos y concentrar sobre sí críticas, burlas y el odio acumulado del pueblo. La seguridad del régimen ha trabajado con precisión esa construcción. Mientras el poder real se mantiene en silencio, él aparece como el responsable de todo. No se trata de una casualidad, sino de diseño político.

Este tipo de ingeniería del poder no es excepcional. Tiene antecedentes claros y repetidos en la historia del comunismo.

El primer gran antecedente aparece en la Unión Soviética. Tras la muerte de Joseph Stalin en marzo de 1953, los nuevos líderes soviéticos, Nikita Khrushchov y Georgy Malenkov, arrestaron al temido jefe de la policía política, Lavrentiy Beria. En el juicio secreto de diciembre de 1953, Beria fue acusado de múltiples crímenes, muchos de ellos fabricados, y presentado como traidor para absorber la culpa de los excesos estalinistas.

Oficialmente se le responsabilizó incluso de planear liquidar la República Democrática Alemana para favorecer a Alemania Occidental. Esos cargos sirvieron de pretexto. Con su eliminación, ejecutado a fines de 1953, el nuevo liderazgo consolidó su poder e inició la desestalinización con el resto de la cúpula intacta. El sacrificio funcionó como una válvula de descarga interna para restaurar legitimidad sin tocar el poder real.

China y Europa del Este

Décadas más tarde, el mismo patrón reapareció en China. Tras la muerte de Mao Zedong en 1976, el Partido Comunista Chino encarceló a los más radicales de la Revolución Cultural, conocidos como la Banda de los Cuatro, incluida Jiang Qing, la esposa de Mao.

Bajo la dirección de líderes moderados como Deng Xiaoping y Hua Guofeng, el juicio a la Banda de los Cuatro se presentó como un mecanismo para cargarles la responsabilidad de los desmanes culturales de la década anterior. El proceso judicial sirvió para culparlos del caos y la violencia de esos años. Además, preservó la imagen de Mao. Mientras el Partido Comunista pivotaba hacia reformas económicas y una apertura internacional controlada, no hubo ruptura, sino reciclaje del poder. El sistema sobrevivió intacto.

El siguiente episodio se produjo en Europa del Este. A fines de 1989, las protestas populares en la RDA forzaron al partido gobernante a reemplazar a su líder de dieciocho años, Erich Honecker, por el reformista Egon Krenz. Según informes diplomáticos de la época, los sectores duros del Partido Socialista Unificado eligieron a Honecker como chivo expiatorio para apaciguar la crisis interna. Anunciaron su renuncia alegando problemas de salud.

La maniobra buscaba sacrificarlo para calmar la situación, alinearse con las presiones de Mikhail Gorbachev y luego retomar el control político. El intento fracasó. Pocos meses después cayó el Muro de Berlín. Aunque Honecker fue defenestrado, la élite comunista tardó en asumir responsabilidades reales.

Ese mismo año, el mecanismo alcanzó su expresión más brutal en Rumania. En diciembre de 1989 el dictador Nicolae Ceaușescu fue detenido, sometido a un juicio sumario y ejecutado en Navidad. Tras su caída se construyó una narrativa oficial que lo convirtió, junto a su esposa, en los pararrayos máximos de la represión y los desmanes de cuarenta y dos años de régimen comunista. Mientras tanto, buena parte de la vieja nomenclatura recicló su poder bajo nuevas estructuras. Por lo tanto, el sistema no desapareció, se reacomodó.

Corea del Norte y la Cuba actual

Lejos de ser un fenómeno del pasado, este patrón sigue vigente en Corea del Norte. En diciembre de 2013, Kim Jong Un ordenó la detención y ejecución de su tío político Jang Song-thaek, entonces considerado el número dos del régimen. En un juicio público fue acusado de traición, corrupción y de conspirar para hundir la economía nacional. El caso se utilizó para desviar la culpa por las dificultades económicas del país, presentándolo como el responsable visible de una crisis estructural que no se tocó.

Estos ejemplos demuestran que perfectamente puede ocurrir o estar ocurriendo esto en Cuba, no como una anomalía, sino como la repetición de un patrón histórico. Cuando un régimen comunista entra en fase crítica, activa mecanismos de sacrificio político para ganar tiempo, reorganizarse y negociar su continuidad.

Desde esa perspectiva, las señales recientes solo admiten una lectura coherente: alguien está hablando con la administración de Donald Trump. Los únicos actores con autoridad efectiva para hacerlo son el clan Castro. Dentro de ese grupo, el perfil operativo encaja con Alejandro Castro Espín. Es figura central del aparato de inteligencia y seguridad, con acceso a información sensible y control operativo.

Bajo esa lógica, la entrega de Díaz Canel como chivo expiatorio resulta funcional. Ellos proporcionarían a los Estados Unidos la información clasificada necesaria para organizar el arresto o eliminacion de Canel, concebido al estilo del arresto de Nicolás Maduro, mediante una operación controlada y quirúrgica. Trump obtendría un trofeo político visible que podría exhibir como señal de cambio. Mientras tanto, el régimen se desprende del rostro más desgastado y concentra la culpa en una figura prescindible.

El proceso posterior no implicaría una ruptura real, sino una transición teledirigida desde Washington por canales directos y telefónicos. Esto es similar a lo que está sucediendo en estos momentos en Venezuela.

Solo el tiempo dirá la última palabra y el Cuba los Castros la dicen o la están diciendo a Trump.

Deja un comentario