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La liturgia del martirio en la portada de Granma

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Hay una fórmula en la propaganda que no falla: cuanto más insostenible es la realidad, más etérea y grandilocuente debe volverse la palabra. La portada de este jueves de Granma es un manual de ese desesperado escapismo.

Bajo el titular «Cuando veo cosas así, admiro más a Fidel», el diario oficial no habla de un descubrimiento científico reciente, sino que «comparte la intervención» de un científico en un acto pasado. Es la primera pista: no hay noticia, solo reminiscencia. La actualidad es tan pobre que deben reciclar discursos y apelar al cadáver político fundacional como único argumento de autoridad. La ciencia cubana, asfixiada y en diáspora, es reducida a un anecdótico homenaje retórico.

El mecanismo se repite con la cobertura de los 32 mercenarios muertos en Venezuela. El lenguaje abandona por completo lo informativo para sumergirse en un misticismo lacrimógeno. «Hijos, padres, hermanos… hombres corajudos cuyas existencias fueron arrancadas de cuajo». No se analiza la misión fallida, la estrategia errónea o la negación inicial del régimen sobre su presencia allí. Se poetiza la muerte. Se convierte una derrota militar y un bochorno diplomático en un «universo heroico». El ascenso póstumo es el deus ex machina burocrático para intentar transformar un fiasco en epopeya.

Una ‘anestesia contra el hambre’

La operación es clara: sublimar el fracaso. «Sobre el yugo, 32 estrellas», proclama otro titular. La imagen no podría ser más elocuente: el yugo (el bloqueo, el imperio) es el marco que ellos mismos eligen para enmarcar a sus muertos. Es la narrativa de la victimización gloriosa. No murieron por un error de cálculo o por una operación clandestina; fueron «arrancados» por un enemigo omnipotente, lo que, paradójicamente, los engrandece. El dolor, dicen, «se clava en el pecho» incluso de quien no los conoció. Es un mandato emocional: te ordenan sentir un duelo colectivo por unos hombres cuyo oficio y misión reales nunca serán explicados con transparencia.

Contrasta esta efusión lírica con el contenido real. Mientras se dedican páginas a llorar a mercenarios caídos en suelo extranjero, los problemas domésticos —el apagón crónico, la hambruna, el éxodo— son barridos bajo la alfombra de la épica. El «trabajo duro, casi siempre anónimo» del que hablan no es el del cubano que hace cola por comida, sino el del ideal abstracto del científico o el soldado leal, figuras utilizadas como escudos retóricos contra la evidencia del colapso.

Así, la portada cumple su función última: es un ritual de sustitución. Reemplaza la discusión sobre la incompetencia y la crisis con una ceremonia de adoración al sacrificio. Convierte a los ciudadanos en feligreses de un culto donde los muertos son santos, los líderes difuntos son profetas y toda crítica se diluye en un mar de «lágrimas» y «estrellas». El ridículo no está en la poetización, sino en la creencia de que este ejercicio de mitomanía puede anestesiar el hambre, encender un bombillo o detener la diáspora de los mismos científicos a los que hoy, con palabras huecas, dicen admirar.

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