Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Max Astudillo ()

La Habana.- Durante décadas, la cúpula habanera perfeccionó un arte: el de la resistencia estoica, la espera inteligente. Supieron leer los ciclos políticos de Washington como un relojero desmonta una maquinaria suiza. Aprendieron que, frente al imperio, la mejor táctica no era la confrontación directa, sino la paciencia geológica.

Ganar tiempo no era una claudicación, era una estrategia de supervivencia. Y les funcionó. Con Jimmy Carter, con Bill Clinton, con Barack Obama. Todos, de una forma u otra, terminaron concediendo algo a cambio de nada, seducidos por la idea ingenua de que el diálogo, por sí mismo, podía ablandar una estructura de poder que lleva seis décadas demostrando lo contrario.

Pero lo que funcionó con los gobiernos demócratas, especialmente con aquellos que soñaron con un «pivote hacia el compromiso», choca ahora contra un muro de realidad llamado Donald Trump y Marco Rubio. Y aquí está el primer error de cálculo de la vieja guardia: creer que todos los presidentes estadounidenses son intercambiables, que todos pueden ser manejados con los mismos trucos de relaciones públicas, con las mismas cartas a la opinión pública internacional apelando a la «soberanía» o al «diálogo respetuoso».

No han entendido que esta dupla no se cree ni una palabra. Literalmente, ninguna. Ellos conocen el libreto mejor que los propios actores. Saben de memoria cada gesto, cada comunicado, cada intento de desviar la atención hacia una supuesta agresión externa para ocultar el colapso interno.

Un milagro en el Congreso

El núcleo duro en La Habana, ese grupo reducido que toma las decisiones cruciales, está jugando ahora su partida favorita: llamar la atención de la prensa, agitar banderas, y esperar. Esperar a que en Estados Unidos ocurra algo, cualquier cosa, que cambie la correlación de fuerzas en el Congreso. Esperan una distracción, una guerra en otro lugar, una crisis económica que desvíe la mirada, un nuevo gobierno demócrata que vuelva a creer en el «compromiso constructivo».

Han sobrevivido a diez presidentes norteamericanos; para ellos, esto es solo otro round. Lo que no acaban de asimilar es que, para Trump y Rubio, este no es un round más. Es el asalto final. Están convencidos de que ha llegado la hora del fin del castrismo, y esa convicción, por peligrosa que sea, es una variable que no estaba en sus manuales de resistencia.

Y aquí, desde dentro de la isla, observamos con una mezcla de esperanza y vértigo. No tenemos claro cómo lo harán. No sabemos si será mediante una presión asfixiante, un reconocimiento acelerado de una transición, o algún otro mecanismo que aún no alcanzamos a vislumbrar desde nuestra precaria conexión con la realidad.

Pero lo que sí empezamos a percibir es que el tiempo, ese viejo aliado de la cúpula, ha dejado de serlo. La estrategia de «resistir hasta que pase la tormenta» se enfrenta a un huracán que no solo no amaina, sino que ha decidido cambiar la dirección de los vientos para arrasar con todo lo que encuentra a su paso.

Trump y Rubio son el peligro

La cúpula, sin embargo, no puede permitirse otra cosa que no sea seguir resistiendo. Porque cada uno de sus miembros sabe que el fin del castrismo no es solo el fin de un proyecto político, sino el fin de un mundo para ellos. Sus privilegios, su impunidad, su capacidad de decidir sobre la vida de once millones de personas, todo eso desaparecería.

Por eso seguirán intentando ganar tiempo, aunque el tiempo, ahora, corra en su contra. Seguirán apelando a la comunidad internacional, aunque la comunidad internacional esté cada vez más cansada de escuchar las mismas excusas. Seguirán hablando de bloqueo, de hostilidad, de amenazas, cuando el verdadero bloqueo, la verdadera hostilidad, es la que ellos ejercen cada día sobre su propio pueblo.

Al final, lo que está en juego es mucho más que una disputa entre gobiernos. Es la posibilidad de que, por primera vez en más de sesenta años, el poder en La Habana no pueda simplemente esperar sentado a que pase el peligro. Porque el peligro, esta vez, no es un político al que se puede engatusar con un buen discurso.

El peligro, para ellos, son dos hombres que han hecho de acabar con el castrismo una cuestión personal. Y mientras ellos se preparan para el asalto, nosotros, los de aquí, seguimos sin saber qué ocurrirá, pero intuyendo que algo, definitivamente, ha cambiado para siempre.

Deja un comentario