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Por Yeison Derulo
Santiago de Cuba.- La foto me la mandó un gran amigo. Dice que la vio por las redes, puede ser hasta vieja. Se puso a llorar porque estudió en ese lugar y se graduó de Bachiller. El IPVCE Antonio Maceo no es solo un edificio en ruinas; es una metáfora perfectamente lograda. Basta mirar la imagen para entenderlo todo sin necesidad de consignas ni discursos: columnas desnudas, techos vencidos, hierros oxidados y una vegetación que avanza como quien reclama lo que el hombre abandonó.
Ahí se formaron generaciones de muchachos brillantes, hijos de la meritocracia académica que la Revolución decía defender. Hoy, ese templo del conocimiento parece un esqueleto dejado al sol, sin dolientes y sin vergüenza institucional.
Por esas aulas pasaron médicos, ingenieros, físicos, matemáticos; gente que creyó, al menos por un tiempo, en la promesa de que el sacrificio valía la pena. El IPVCE fue sinónimo de rigor, de noches sin dormir, de olimpiadas del saber y de una fe casi religiosa en el futuro. Pero el futuro nunca llegó. Se fue agrietando igual que esas losas, se fue cayendo a pedazos, mientras el país aprendía a exportar talento y a importar ruinas.
La imagen no muestra bombas ni guerra, pero el daño es similar. Esto no es consecuencia de un ciclón ni de un bloqueo quirúrgico; es abandono puro, desidia elevada a política pública. El Estado que exigió excelencia a sus estudiantes fue incapaz de sostener el espacio donde esa excelencia se cultivaba. Y mientras los discursos hablan de continuidad, lo único continuo aquí es el deterioro, la maleza creciendo donde antes había pizarras y sueños.
Lo más cruel es el contraste. Afuera, la naturaleza avanza con una fuerza casi poética; adentro, lo humano retrocedió hasta desaparecer. La Revolución que prometió ciencia y futuro terminó dejando un cascarón vacío, como si el conocimiento también hubiera decidido emigrar. Ese edificio destruido es la verdadera continuidad: la de un proyecto que se come a sus hijos más preparados y luego finge no recordarlos.
El IPVCE Antonio Maceo no necesita restauración estética; necesita una autopsia moral. Cada columna caída es una pregunta sin responder, cada aula rota es una confesión involuntaria de fracaso. La foto no duele por lo que muestra, sino por lo que recuerda: que hubo un país que apostó por la inteligencia y terminó castigándola. Y que, al final, la Revolución no fue capaz ni siquiera de conservar las ruinas de sus mejores promesas.