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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- La foto es un puñetazo en el estómago. Un hombre, esposado, con la cabeza vendada y la sangre manchando su cuerpo. No es un delincuente. No es un terrorista. Y tampoco es un mercenario pagado desde Miami. Es un cubano cualquiera, de Ciego de Ávila, de esos que ya no tienen nombre porque la dictadura se encarga de borrarlos, que cometió uno de los muchos delitos que el castrismo no perdona: reclamar el derecho a tener electricidad. En un país a oscuras, donde los apagones se miden en días y la desesperación en horas, este hombre osó alzar la voz. Y la respuesta fue la porra, las esposas y una herida en la cabeza que sangra como sangra este país desde hace sesenta y siete años.

La imagen, que corre por las redes como un acta de acusación, retrata lo que la televisión oficial nunca mostrará: la cara de una tiranía que se siente acorralada y responde con la única herramienta que conoce, la violencia. Porque cuando el pueblo sale a las calles, cuando las cacerolas suenan en La Habana, en Santiago, en Camagüey, el régimen no duda. Sabe que cualquier concesión, cualquier gesto de debilidad, puede ser el principio del fin. Y el fin, para ellos, no es solo perder el poder. Es perderlo todo: las casas, los coches, los privilegios, la impunidad. Es la cuenta que llevan sesenta y siete años acumulando y que saben que algún día tendrán que pagar.

La represión se extiende en el tiempo

Por eso cada protesta es respondida con saña. Lo vimos el 11 de julio de 2021, cuando el país contuvo la respiración y miles de cubanos, hartos de hambre y oscuridad, salieron a las calles. La respuesta no fue diálogo, fue represión. Golpes, detenciones masivas, condenas de diez, quince, veinte años para jóvenes cuyo único pecado fue pedir lo mismo que pide cualquier ser humano en cualquier lugar del mundo: vivir. Y luego vino la farsa de los juicios, los tribunales amañados, las pruebas inventadas por la seguridad del Estado, los fiscales que leen sentencias escritas de antemano. Todo para que el miedo siguiera siendo el pegamento de esta sociedad rota.

El hombre de la foto es uno más en esa lista interminable. Uno más que se atrevió a desafiar el silencio impuesto. Uno más que pagó con sangre su osadía. Pero su foto, como las de tantos otros, cumple una función que el régimen no puede controlar: circular, viralizarse, llegar a ojos que aún no han visto, a conciencias que aún pueden conmoverse. Esa foto es una denuncia, pero también es una advertencia. Porque mientras ellos sigan golpeando, mientras sigan llenando las cárceles, mientras sigan matando en el mar a los que huyen, habrá quien levante la voz, quien salga a la calle, quien toque una cacerola en la madrugada.

Y entonces, cuando eso ocurra, cuando el miedo cambie de bando y los Castro y sus adláteres sientan que el suelo tiembla bajo sus pies, recordaremos esta foto. Recordaremos al hombre que sangraba por pedir luz, y sabremos que su sangre, como la de tantos, no fue en vano. Porque la historia, aunque ellos se empeñen en ocultarla, siempre encuentra la manera de abrirse paso. Y la verdad, por más que la golpeen, siempre termina por salir a la luz.

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