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Por Jorge Sotero ()

No es una protesta, es un naufragio. La mujer no está sentada en la carretera, está varada en lo que quedó de una promesa. Su cuerpo, doblado sobre un trozo de asfalto caliente, no es el de una activista, sino el de una náufraga que ha tirado la última botella al mar con un mensaje dentro.

El cartel, labrado a golpes en un pedazo de chatarra, no es una demanda, es un epitafio: «Hasta cuándo el pueblo cubano tiene que sufrir». La pregunta no es para los transeúntes, es para Dios. Y por la mirada que tiene —esa tristeza infinita que solo nace cuando se ha perdido hasta el derecho a la esperanza—, parece que ni Él está escuchando.

Para llegar a ese punto, para arriesgarse a que una patrulla la levante, la golpee, la arrastre a una celda y la juzgue por «atentar contra el orden institucional» —esa frase hueca que en Cuba significa ir contra los intereses de la familia Castro—, esta mujer ha tenido que atravesar un desierto personal.

Imagínenla: sin agua en el grifo hace días, contando las gotas de un pomo de medicina vacío que no puede reemplazar, acostando a sus hijos en la oscuridad pegajosa de un apagón que dura más que la paciencia.

El salario mensual no alcanza ni para una libreta de pollo fantasmal. Lo suyo no es pobreza, es evaporación. Cuando no queda nada que perder, el único acto de libertad que resta es el de perderlo todo de una vez, a la vista de todos.

I

Esa lata que sostiene es el espejo de la isla: oxidada, reciclada de un derrumbe, pero aún capaz de reflejar una verdad cortante. No pide revoluciones ni consignas ideológicas; pide lo básico, lo humano, lo que duele en la boca del estómago.

En un país donde hablar es delito, su silencio sentado es un estruendo. Sabe que pueden venir por ella. Sabe que la llamarán «contrarrevolucionaria», «mercenaria», «traidora». Pero cuando la traición ha sido el menú diario del poder —traición a la decencia, a la soberanía, a la propia carne del pueblo—, quedarse callada sería convertirse en cómplice de su propio exterminio.

Quizás, en algún rincón de su mente cansada, anide una chispa de cálculo político desesperado. Ha oído, como todos, que hay un hombre al norte, un tipo impredecible y brutalmente directo, que ha jurado acabar con el castrismo. Donald Trump. Para ella, su nombre no es ideología, es un último recurso, un martillo que quizás pueda romper el cristal bajo el que la han ahogado durante décadas.

No le importan sus matices, sus exabruptos, su ego. Le importa que sea, quizás, el único que no le tiene miedo al régimen, el único que podría aplicar la presión suficiente para reventar la burbuja de impunidad en la que vive la nomenklatura. Es una apuesta terrible, pero cuando se juega con naipes marcados, a veces hay que pedir una baraja nueva, aunque quien la reparta tenga las manos sucias.

II

El optimismo aquí no es una emoción, es un acto de guerra psicológica. Es lo que queda cuando la fe se ha muerto de hambre. Esta mujer, al sentarse ahí, no está confiando en un salvador extranjero; está forzando al mundo a ver lo que el régimen quiere ocultar: que el socialismo cubano no se derrumbó, se redujo a esto, a una madre negra con un cartel de latón y un vacío en la mirada.

Su mensaje optimista no es «Trump nos salvará», es «alguien, en alguna parte, tiene que ver esto y dejar de fingir que no pasa nada». Su esperanza es una granada sin seguro: peligrosa, desesperada y preparada para estallar en las manos de quienes la ignoren.

Al final, lo que esa carretera guarda no es una protesta, sino un testimonio forense. La mujer no es una manifestante, es un testigo que declara contra sus verdugos antes de que la silencien. Su cartel no es una pregunta, es la respuesta que el régimen nunca quiso dar.

Y si Trump termina con el castrismo o no, es casi lo de menos. Ella ya ha ganado. Porque al sentarse allí, con su tristeza infinita y su trozo de chatarra, ha logrado lo imposible: ha convertido su sufrimiento en un arma, su derrota en una acusación, y su cuerpo cansado en la bandera más elocuente de una Cuba que ya no pide permiso para dejar de sufrir, sino que exige, a gritos mudos, dejar de existir solo para sobrevivir.

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