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Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- La Habana vive estos días una paradoja comunicacional absurda. Mientras el país entero se paraliza por falta de combustible —con hoteles cerrando, aerolíneas suspendiendo vuelos, la zafra azucarera reducida a golpe de bueyes y machetes, y un sistema sanitario colapsado—, la prensa oficial insiste en un relato que poco tiene que ver con la realidad.
Basta hojear el Granma de cualquier jornada reciente para encontrar titulares sobre la «solidaridad» de Vietnam, la «ayuda» de México o el «apoyo» ruso, mientras la población se ahoga en una crisis humanitaria sin precedentes.
El gobierno cubano ha construido durante décadas un discurso de «hermandad internacional» que hoy se revela en toda su fragilidad. Los hermanos de ayer —Venezuela, Angola, Etiopía— han desaparecido del mapa informativo nacional como si jamás hubieran existido. De la otrora «hermana» Delcy Rodríguez, hoy convertida en figura clave del nuevo escenario venezolano tras la caída de Maduro, ni una línea en la prensa cubana. Tampoco se menciona que Guatemala ha rescindido el contrato de los médicos cubanos, ni que la gobernadora de Puerto Rico ha ofrecido su territorio a Trump para una eventual acción militar contra la isla.
Llama poderosamente la atención el silencio absoluto sobre la ayuda humanitaria que ingresa a Cuba a través de la iglesia, procedente de Estados Unidos. Esa asistencia, real y concreta, no merece el calificativo de «hermandad» porque Washington no encaja en el guion. La solidaridad, para el régimen, es un concepto líquido que se moldea según la conveniencia política del momento.
El patrón es viejo y conocido: cuando la Unión Soviética colapsó, los «hermanos» del Este dejaron de serlo de la noche a la mañana. Cuando Chávez murió y Venezuela comenzó su descomposición, La Habana perdió a su principal sostén sin que mediara despedida. Hoy, con Rusia prometiendo ayuda sujeta a condiciones que Cuba no puede cumplir, y con China calculando cada gesto en términos de rentabilidad, la retórica de la hermandad suena más hueca que nunca.
Lo cierto es que el gobierno cubano necesita desesperadamente mantener viva la ficción de que cuenta con aliados, porque la realidad interna es insostenible. La «hermandad» se ha convertido en la última tabla de salvación de un régimen que ya no puede ofrecer nada a su pueblo. Pero los cubanos —los de dentro y los de fuera— sabemos que la verdadera solidaridad no se decreta desde una tribuna ni se mide en titulares. Se demuestra con hechos, con presencia, con lealtad.
Y en estos días de colapso, mientras el país se apaga y los «hermanos» van y vienen según el viento político, una pregunta queda flotando en el aire: ¿quién se acuerda realmente de Cuba cuando no hay petróleo ni divisas ni propaganda de por medio? La respuesta es incómoda, pero necesaria. Quizá ha llegado la hora de olvidar tanto «hermaneo» y empezar a construir, con nuestras propias manos y sin tutelajes, lo que este país pudo haber sido y no le dejaron ser.